La hora de la verdad para las coaliciones

Jaime Darío Oseguera Méndez

La política de coaliciones ha dominado el escenario electoral del país desde que la alternancia llegó para quedarse y cambiar el régimen en el 2000.

La historia de los procesos electorales desde entonces ha estado plagada de acontecimientos a veces jocosos, criticables o francamente fraudulentos con motivo de las alianzas entre partidos políticos.

En un primer momento el sistema permitió la permanencia y continuidad de las alianzas en beneficio de las élites de los partidos. En este afán de obtener triunfos surgen alianzas pragmáticas, antinaturales, que muchas veces desdeñan el origen ideológico y apuntan simplemente a la posibilidad de obtener espacios políticos de elección.

No es ingenuidad ni candor. Tal vez a nadie debería sorprender que la política real, siguiendo a Maquiavelo, es instrumental. El fin justifica los medios y lo que mide a un ente político exitoso es la obtención del poder.

Aún así debería haber límites. La teoría clásica de los partidos políticos dice que son simplemente organizaciones oligárquicas, de las que se adueñan las élites, quienes luego resultan beneficiarias de sus actividades. La ideología en este caso es simplemente aderezo, ornato del cascarón.

Es interesante observar que, en todo el mundo, sin importar el modelo político, ha prevalecido el sistema de coaliciones. Tanto en los países con gobiernos parlamentarios europeos como en la mayoría de los sistemas presidenciales, incluidos los de América Latina, se ha defendido a las coaliciones como un modelo que permite la sobrevivencia de las minorías, al menos en el discurso y facilita el acceso a acuerdos que garanticen la gobernabilidad.

Lo cierto es que en México las coaliciones lo único que han permitido es que sobrevivan los partidos grandes.

En cada elección desde el 1991 compitieron al menos siete partidos políticos, siendo las del 2000 y 2003 con once institutos electorales en las que más institutos participaron, muchos de los cuales han desaparecido.

Antes del 2000 se quedaron en el camino los viejos partidos satélites del sistema: el Frente Cardenista, PPS, PRT, PDM, PARM, hoy extintos. Desde 1998 surgieron alrededor de 15 partidos de los que solo sobrevive MC y Morena.

PRI, PAN, Verde, PRD, PT, registrados antes de 1998 son los únicos que no han desaparecido, aunque algunos estén a punto, gracias a las coaliciones.

Sin embargo, se ha confundido el problema. Una cosa son las alianzas electorales y otra las coaliciones de gobierno y aquí es donde está la crítica.

Los partidos son entidades de interés público que, al menos por ley, defienden una ideología o su interpretación de la realidad. Es su deber convencer al electorado a partir de objetivos comunes, lo cual cada vez es más raro. En general, aún cuando aspiran a ganar en equipo, caminan por separado en una especie de hipocresía convenida.

Hoy está sucediendo en México. Las coaliciones tienen que resistir el peso de las decisiones importantes: la selección de los candidatos. Es natural que al interior de cada instituto militen personas interesadas en obtener un puesto de elección popular.

La convicción y el interés siempre se mezclan en la participación política. No es posible cuantificar con claridad que influye más, pero siempre coexisten. Así que cuando se eligen los candidatos, la disputa se acentúa.

Hoy Morena por ejemplo pasa por ese momento álgido cuando sus aliados tratan de medir fuerzas. Con elementos y justificaciones o sin ellos, los partidos coaligados, siempre quieren una parte del pastel más grande.

Al destapar en días pasados a las personas que van a conducir los trabajos en cada Estado, Morena en los hechos los designa candidatos de manera muy anticipada, lo cual acelera la toma de decisiones en los otros partidos, particularmente PT y Verde. Se sabe de las inconformidades que existen en algunos estados de la república con las designaciones porque ambos partidos, satélites de Morena, se sienten con el mejor derecho de encabezar las candidaturas. Al menos es una postura para negociar posiciones.

En las coaliciones tradicionalmente se pierden los objetivos comunes de políticas públicas. Lo que termina contando son los recursos que cada partido agrega a las campañas, en función de obtener un beneficio. Por eso hoy la disputa por las candidaturas es feroz. La complejidad es tal, que terminamos en presencia de coaliciones parciales en lugar de totales. Al menos eso parece que sucederá en Morena, en varias entidades.

El sistema electoral debería restringir las coaliciones. Al menos obligando a que los partidos compitan solos alternadamente, una sí y otra no. Así podríamos tener una visión clara de la fuerza electoral de cada instituto político para asignarle diputados plurinominales, registro y como consecuencia dinero público.

En el caso de la oposición, PAN y PRI, se presenta un elemento adicional. Fueron adversarios históricos durante décadas y hoy tendrán que decidir si se agarran de la mano y salen a pasear juntos en la aventura de frenar la coalición del gobierno.

Es la hora de la verdad para las coaliciones, porque hay que inventarlas, vestirlas bien para venderlas y luego operar su asentamiento entre los militantes. Apenas es posible imaginar, como los dirigentes de un partido estatal o nacional, buscan a sus bases para decirles que serán aliados de sus enemigos históricos, con los que se pelearon muchos procesos electorales previos.

Las coaliciones no son una fatalidad para el sistema político mexicano, pero deberían ser coaliciones de gobierno y no sólo electorales. Así se garantiza la capacidad de tomar decisiones en el parlamento, sin la sobrerepresentación que es un exceso.

Cada partido y coalición debería tener el peso representativo de los votos que obtuvo. Nada más. No todos resistirían el juicio de la voluntad popular.

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