Durante siglos, la costumbre colonial dictaba enterrar a los difuntos en las criptas, atrios y terrenos contiguos a las iglesias de la ciudad. Sin embargo, a lo largo del siglo XIX, con la llegada de devastadoras epidemias como el cólera, la viruela y el tifus, la medicina de la época sostenía que los gases y olores emanados de las sepulturas propagaban los contagios. Por esta razón las autoridades ordenaron prohibir y cerrar definitivamente los entierros dentro del primer cuadro de la ciudad.
A raíz de esta medida, los antiguos camposantos urbanos fueron clausurados y transformados con el paso de los años en espacios públicos.
El caso más representativo es la Plaza Valladolid (San Francisco), cuya explanada funcionó durante más de 200 años como cementerio del convento franciscano, antes de convertirse en mercado y, posteriormente, en la plaza que conocemos hoy.
Pero no fue la única: la Plaza Ocampo, la Plaza de San Agustín y los atrios de la Catedral y San José también resguardaron sepulturas.
Para trasladar finalmente los entierros fuera de la mancha urbana, en 1883 Don Ramón Ramírez, dueño de la hacienda «La Huerta», donó seis hectáreas de terreno al Ayuntamiento. En ese predio se edificó el actual Panteón Municipal, inaugurado oficialmente en 1895.
Así que la próxima vez que camines por el centro, recuerda que estás pasando por lugares llenos de historia… y de descanso eterno.



