Dra. Miroslava Ramírez Sánchez
Seguramente te ha pasado. Despiertas y lo primero que haces es revisar el teléfono; antes de levantarte ya conoces las noticias, las preocupaciones de los demás y las vidas aparentemente perfectas de quienes publican sus logros en redes sociales. Apenas comienza el día y tu mente ya está comparándose, anticipando problemas y exigiéndose estar a la altura de un mundo que parece no detenerse nunca.
No es casualidad que cada vez escuchemos hablar más de ansiedad, depresión, agotamiento emocional y soledad. La salud mental atraviesa un momento preocupante y sería un error pensar que todo se debe a la fragilidad de las personas o a su incapacidad para enfrentar la vida. Estamos ante un fenómeno complejo en el que intervienen las condiciones económicas, la incertidumbre, los entornos digitales, la presión por alcanzar el éxito y la dificultad para construir relaciones humanas que nos hagan sentir acompañados.
Pero ¿qué está ocurriendo con nuestra capacidad para sentirnos bien? Por un lado, vivimos expuestos a una enorme cantidad de información que mantiene al cerebro en estado de alerta. Por otro, nos hemos acostumbrado a medir nuestro valor a partir de la productividad, los resultados, la apariencia física y la aprobación de los demás. Pareciera que descansar es perder el tiempo, equivocarse es fracasar y no alcanzar determinadas metas significa quedarse atrás.
Las redes sociales pueden intensificar esta percepción. Observamos los viajes, los cuerpos, las relaciones y los éxitos de otras personas, pero rara vez conocemos sus dificultades. Terminamos comparando nuestra vida completa con los mejores momentos que alguien más decidió mostrar. Y en esa competencia silenciosa podemos comenzar a sentir que nunca somos suficientes.
A esto se suman las preocupaciones económicas, el temor a perder el empleo, las deudas y la incertidumbre sobre el futuro. Cuando las dificultades materiales se prolongan, también pueden afectar el sueño, las relaciones familiares y la sensación de seguridad. Como psicoterapeuta, considero fundamental comprender que el malestar emocional no siempre se resuelve con una frase motivacional, unas vacaciones o la recomendación de pensar positivamente. Hay circunstancias que necesitan cambios en nuestro entorno, redes de apoyo y atención profesional. No podemos pedirle a una persona que respire profundo y se adapte cuando lleva meses enfrentando condiciones que rebasan sus recursos emocionales.
¿Qué podemos hacer para comenzar a recuperar nuestro equilibrio?
- Recupera el control de tu atención. Establece horarios para revisar las redes sociales y evita comenzar o terminar el día consumiendo noticias que te generan angustia.
- Deja de medir tu valor por tus resultados. Eres mucho más que tu productividad, tus ingresos, tu apariencia o la aprobación que recibes.
- Reconoce tus límites. No tienes que resolverlo todo hoy, ni demostrar permanentemente que puedes con todo.
- Cultiva relaciones reales. Busca conversaciones sinceras, compañía y espacios donde puedas expresar lo que sientes sin temor a ser juzgado.
- Solicita ayuda cuando la necesites. Si la tristeza, la ansiedad, el insomnio o la desesperanza persisten e interfieren con tu vida cotidiana, consulta a un profesional de la salud mental.
La salud mental no es un lujo, ni una responsabilidad exclusivamente individual. También exige familias capaces de escuchar, centros de trabajo que no normalicen el agotamiento y sociedades que faciliten el acceso a la atención psicológica.
Quizá no podamos detener el ritmo del mundo, pero sí podemos aprender a no vivir permanentemente acelerados por él. No esperes a llegar al límite para preguntarte cómo estás. A veces, el primer paso para recuperar la tranquilidad consiste en dejar de fingir que todo está bien y reconocer que también necesitamos cuidado, comprensión y acompañamiento.



