Mientras AMLO desplegaba el aparato publicitario Calderón ocupó los reflectores.
En medio de las múltiples crisis no superadas de la 4T ligadas a la corrupción y complicidad criminal de personajes cercanísimos al poder, el expresidente López Obrador salió a pontificar justo el día que el gobierno de Claudia Sheinbaum cumplió dos años y cuando Morena ya ha concluido la designación de candidatos a las 17 gubernaturas que se renovarán en 2027.
A pesar de la transmisión en vivo de varios medios y la cobertura periodística el mensaje del patriarca del morenismo dejó más grima que alegría. Vimos a AMLO siendo AMLO, con sus fantasmas y sus odios tan vigentes como cuando gobernaba, repetir las mismas mentiras que ha dicho desde hace décadas. La que se lleva los reflectores es la afirmación de que se acabó la corrupción, mientras su propia familia esta involucrada en el más grande negocio de corrupción de la historia de México: el huachicol fiscal.
Mas bien destacó la reaparición del otro expresidente, la némesis de AMLO, Felipe Calderón, quien acompañó en su informe al alcalde de Monterrey e impartió una conferencia y su sola presencia convocó al más rancio morenismo, el Sindicato de Electricistas de la extinta Luz y Fuerza, en la otrora residencia de Los Pinos para que ahora decapitaran la, de por sí caída, estatua del propio Calderón. La respuesta fue lapidaria: el hecho dice más de Morena que de mí, señaló el exmandatario.
Si bien la cobertura periodística se potenció con el episodio de la estatua, el mensaje de Calderón cala en la esfera pública por una razón muy simple: denuncia el deterioro democrático y de capacidades del estado mexicano para cumplir con sus deberes mínimos de garantizar seguridad y promover prosperidad. La crítica de Morena a Calderón y su gobierno no envejece bien. A estas alturas están claros los yerros de aquel sexenio, pero también se empiezan a reconocer muchas de sus luces que se habían negado, y el usarlo como excusa ha perdido toda su eficacia para Morena, generando un efecto de búmeran.
A diferencia de AMLO, Calderón aparece estructurado e informado a hablar del presente, a señalar lo que se ha perdido, lo que duele. Calderón aparece en el escenario en forma pertinente y al recibir el odio extremo como respuesta, pone en evidencia el talante de los gobernantes de turno como linchadores profesionales. Calderón deja un mensaje cada vez más difícil de desmentir y sugiere que defender el periodo de la transición democrática es posible cuando hay algo de talento en los políticos opositores (tal vez ahí el problema). De las reapariciones presidenciales, definitivamente me quedo con la de Calderón.



