Los que atacan a María Corina Machado en realidad atacan la idea de la democracia liberal.
Que Putin, Netanyahu, Trump y Maduro coincidan en algo debería ser, al menos, sospechoso. Que además lo hagan con vehemencia y furor, es como dicen los chavos: red flag. Los hombres que dominan el mundo se lanzan contra una mujer latina que está escondida en su propio país, perseguida por la dictadura de uno de ellos, acusándola de estar al servicio de alguno otro de ellos.
En el mundo actual es cada vez más claro que, la batalla es menos entre el mercado y el estado y mucho más entre la democracia y la tiranía. En el año 2000 se anunciaba la muerte de las ideologías, que un cuarto de siglo después, han regresado como zombis de sí mismas de la mano de autócratas que, se parapetan en ellas, pero que únicamente, las utilizan para ganar y conservar un poder sin contrapesos en sociedades desquiciadas y polarizadas. En este contexto, la democracia liberal de la postguerra ha sido despiadadamente atacada, desde los dos flancos del espectro ideológico, invirtiendo la lógica de la disputa: hoy no es la libertad económica la que está en juego, es la libertad política que, por ser la primera, es la libertad a secas.
El Nobel de la Paz a María Corina Machado es uno de los pocos contrataques desde el flanco de la democracia liberal hacia los autoritarismos que se están apoderando del mundo. Es el reconocimiento a una lucha pacífica contra una tiranía violenta y atrabiliaria que durante 26 años ha empobrecido y humillado a un orgulloso pueblo: la democracia más estable y próspera de Latinoamérica convertida en dictadura cleptocrática de exportación. María Corina simboliza que las personas no están dispuestas a rendirse ante el abuso del poder ni sucumbir a la tentación del odio aun en mitad del infierno. Es un ícono de resistencia.
Por eso hay que destruirla a como dé lugar porque, en el nuevo mundo que estos poderes están forjando, no hay lugar para los que no están dispuestos a someterse al poder y a la lógica de destrucción y rabia que todos ellos emplean como estrategia. Por eso el ataque ha sido despiadado, le exigen más perfección que una causa de canonización y la critican unos y otros de no ser como ellos, y en la lógica perversa y bipolar del autoritarismo, la remiten a peón del adversario. Al menos uno de ellos debiera estar equivocado.
En un mundo utilitarista y monetizado, en que la libertad se asocia a la comodidad, en que el discurso político es siempre de odio y los dictadores son aceptables si reproducen nuestras fobias, María Corina es el molesto recordatorio de que debemos ser mejores y que los ideales de paz, libertad y democracia siguen vigentes. Y para la presidente de México, un pequeño colofón, cortesía de Dante Alighieri: el peor lugar en el infierno está reservado para quienes se mantienen neutrales ante una injusticia.




