Representación proporcional para la consolidación del nuevo régimen

Elizabeth Juárez Cordero

No hay reglas neutras, y más aún las político-electorales son siempre resultado no solo de la o las fuerzas mayoritarias, sino también producto de una intencionalidad política. Sin embargo, las reglas y procedimientos de acceso a la representación política son como ningunas otras, fundamentales para el mantenimiento de la estabilidad política de un país, y de ahí su relevancia.

Pues aun cuando las reglas electorales comprenden en un sentido amplio, diversos temas más allá de la representación y la manera de acceder a esta, tal como lo reflejan los foros de la reforma electoral impulsada por el gobierno federal. Es en esta composición, número, fórmula, umbrales, entre otros elementos que definen y diferencian un sistema electoral de otro, de donde pende, junto con los controles en el ejercicio del poder, como los recientemente modificados mediante la reforma judicial o la extinción de órganos autónomos; la configuración de un nuevo régimen político. 

Optar entre un sistema electoral mayoritario y uno proporcional, no es un tema de números, de más o menos diputados, ni entre pluris o no pluris, tampoco un tema de ahorro, mucho menos de productividad legislativa, incluso me voy lejos, tampoco es un tema de democracia, pues lo mismo hay democracia con solo sistemas electorales mayoritarios que democracias con sistemas proporcionales. Esta última, por cierto, propuesta en 2023, en el llamado plan A de la reforma electoral.

Las consecuencias de elegir entre un sistema electoral u otro son profundamente más trascendentales que la propia composición de la representación, al incidir sobre la toma de decisiones, la efectividad de los controles en el poder legislativo, la definición de presupuestos o la aprobación o no de reformas constitucionales, que ya en sí mismos son asuntos de la mayor importancia.

Es por ello que, dejarse seducir por la idea de eliminar cualquier expresión minoritaria, a través de la representación proporcional, es aunque no se alcance a comprender en lo inmediato, poner en juego el futuro del régimen que se pretende construir, porque diluye la capacidad de intercambio, deliberación y contraste, vuelve innecesario el debate; porque acomoda y no obliga a la preparación ni a la defensa sustanciosa e inteligente que demandan las problemáticas nacionales, porque incluso ahí, en la defensa ideológica la diferencia fortalece.

Y más aún, sí como se dice, la intención de eliminar la representación proporcional, tiene también una justificación democrática, al trasladar la decisión electiva de las cúpulas partidistas a la ciudadanía; es sólo mediante un sistema electoral permisivo que favorezca la entrada de la diversidad, que se garantizará el acceso de la ciudadanía a los órganos representativos.

Si bien no deben perderse de vista los efectos teóricos sobre los sistemas electorales ampliamente estudiados, que suelen discurrir entre dos polos contrapuestos, por un lado, aquellos que pugnan por generar espacios que amplíen la pluralidad y el acceso al poder y por otro, quienes buscar reducir la pluralidad y limitar el acceso al poder público, ubicando en el primer grupo a quienes se encuentran a favor de la representación mayoritaria y en el segundo, a la representación proporcional. 

También es importante advertirlo, los efectos políticos de uno y otro no son inalterables, sino que varían, según un conjunto de factores como del contexto. De modo que, así como los sistemas electorales proporcionales no siempre conducen a la fragmentación de la representación política ni impiden la conformación de mayorías, tampoco los sistemas mayoritarios en automático resultan en sistemas bipartidistas, en gobiernos eficaces o estables, como no anulan por completo la representación de las minorías, aunque sí la dificultan. 

Es por ello que, la propuesta de priorizar la representación proporcional, como sistema electoral, en el marco de la reforma electoral que se discute para nuestro país,  más que poner el énfasis en la defensa democrática, que sin duda la tiene, y de la que ya se habrá escuchado innumerables veces, destaca su pertinencia en la consolidación del régimen político, porque más que buscar hacer espacio a la pluralidad política institucionalizada, como la que debieran representar los partidos políticos de oposición, prácticamente inexistentes, reconoce la pluralidad política-social del país  y la complejidad de factores y problemas que nos circundan, y que no se limita en absoluto, a la visión de los partidos con registro, incluido el actual partido en el gobierno.

La proporcionalidad es también ruta para la legitimidad del nuevo régimen, porque sin necesariamente perder el control del poder, concede una válvula de escape para las expresiones divergentes, porque obliga al contraste, al debate, a la deliberación, a no olvidar ni a anular la razón de la política, que es como diría Hannah Arendt; el encuentro con los otros. 

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