La contradicción entre la visión institucional de Claudia Sheinbaum y las reglas rígidas de la dirigencia del partido abre una grieta de cara a los próximos procesos electorales.
El principio de paridad de género en México ha entrado en una nueva y compleja etapa de disputa. Lo que en el papel nació como una herramienta histórica para garantizar el acceso de las mujeres a los espacios de poder, hoy se ha convertido en el centro de un intenso estira y afloja entre el Palacio Nacional y la dirigencia interna de Morena.
La contradicción quedó al descubierto tras las recientes posturas de la presidenta Claudia Sheinbaum frente a los criterios de selección presentados por la dirigencia nacional del partido, encabezada por Ariadna Montiel.
La paridad no es un algoritmo ciego
Para la presidenta Sheinbaum, la paridad sustantiva no debe reducirse a una «alternancia mecánica» o un simple intercambio numérico basado en el sexo de quien gobernó antes. La visión presidencial apunta a que forzar un orden automático de «sale hombre, entra mujer» puede terminar limitando la libre competencia, el mérito y la competitividad real de los perfiles.
El blindaje metodológico
Por el contrario, la dirigencia de Morena ha empujado reglas de alternancia ultra estrictas. El argumento del partido es que se necesita un mecanismo «duro» para evitar simulaciones y asegurar los espacios. Sin embargo, en la práctica, esta rigidez elimina el factor de las encuestas y la decisión de las bases, dejando el panorama electoral completamente previsible.
La trampa de la sucesión dirigida
Es precisamente en esa previsibilidad donde radica la mayor advertencia de la presidenta: al volver la alternancia una regla automática, se le entrega un cheque en blanco al gobernador en turno. Sabiendo con años de anticipación qué género debe sucederlo, un mandatario estatal puede congelar a rivales internos y volcar todo el aparato, presupuesto y proyección de su gobierno para inflar a una sola figura «a modo».
Así, un mecanismo diseñado para empoderar a las mujeres corre el riesgo de convertirse en una herramienta perfecta para heredar el poder y seguir mandando tras bambalinas.
La grieta en el poder
Más allá del debate de género, este escenario evidencia una fractura real entre el grupo presidencial y la maquinaria partidista. Lejos de la teoría democrática de la «sana distancia», la realidad actual muestra una pugna viva por definir las reglas del juego: mientras la presidencia busca la consolidación institucional y el mérito, las estructuras del partido intentan mantener el control metodológico de las candidaturas de cara al futuro.




