Hay muchas maneras de apreciar el tiempo, esa sustancia finita que nos consume, apresura o frena las formas de la existencia, establece siempre un marco para la convivencia en todos los ámbitos de nuestra vida.
El tiempo pone límites y fronteras a todas las acciones humanas. La vida cotidiana, por ejemplo, enmarcada en tiempos sociales: las etapas escolar, laboral, matrimonial, reproductiva, tienen espacios de vida muy definidos que circunscriben nuestra actuación y hasta la forma de pensar.
Así ha surgido la idea de los tiempos políticos. Las elecciones y los períodos de encargo para cada gobernante cambian según las circunstancias culturales e históricas. En general se han concebido como tiempos políticos aquellos períodos en los que los candidatos se encargan de hacer campaña.
Durante el viejo régimen se criticó al sistema por permitir que los aspirantes a puestos de elección popular iniciaran su trabajo proselitista con mucha anticipación, aduciendo gastos innecesarios y excesivos para un país pobre.
Se asumió como indebido que quienes inician con más anticipación, contando con recursos del erario público, provocan desventaja en las aspiraciones de una competencia equilibrada, igualitaria hasta donde esta pretensión fuera posible.
En la vida real no lo es, porque los aspirantes tienen antecedentes diversos y algunos con la simple edad tienen mayor antigüedad expuestos a los medios de comunicación, los conocen más los votantes, lo cual no siempre es bueno, y han tenido oportunidades de recorrer la geografía en la que pretenden ser votados.
La ley electoral marca los tiempos de precampaña pero hoy todos andan en el pleno proselitismo electoral. No es cierto que se acaten las disposiciones legales en materia electoral, porque están basadas en una ficción. Por eso en cierta forma todos cometen un fraude a la ley.
Un diputado inicia el proselitismo para su reelección desde su toma de protesta y eventualmente no le importa en el fondo el trabajo legislativo, sino fortalecer su presencia política, de manera que le reditúe en mejor impacto electoral. Algunos ni siquiera se preocupan por su labor técnica legislativa, sino por la aparición en los medios y el perfil que van construyendo de cara a la siguiente elección.
Es iluso impedir que los políticos hagan presencia política. Lo que si limitó la ley en su momento, como parte de una idea de equidad en las elecciones fue el uso de recursos del erario público para promoverse. Tampoco ha servido de nada ese impedimento.
Quienes usan recursos públicos a través de programas sociales, son fácilmente detectables en el manejo indebido de dinero para promocionarse. Es hasta cuantificable.
Muchos presidentes municipales por ejemplo, trabajan para continuar en el encargo, ser electos de nueva cuenta, mas que para cumplir con el electorado que son cosas distintas. Al generar recursos y apoyos para sus huestes votantes, seguramente los orientan de manera parcial, no en beneficio de la ciudadanía en general, Es natural que así suceda.
En los hechos todos los actores políticos tienden a actuar como si no existiera un marco regulatorio que limite los excesos del poder. A vista de todos. Y como eso no va a cambiar, lo que debería reformarse es la ley, al menos para no prolongar la usada costumbre de violarla impunemente.
Las candidaturas ciudadanas hoy se quejan de la partidocracia, pero también tienen lo suyo. Siendo como generalmente lo son, el recipiente de las traiciones, cuentan con el mismo acceso y restricciones que tienen los partidos cuando están en el poder.
La ley electoral no sirve, guarda silencia en el uso de recursos y tiempos anticipados de campaña. Tal vez sea mejor no impedir que todo mundo se promueva cuanto sepa, como pueda y donde quiera.
El hecho es que todo se hace a prisa y aún falta más de un año para la elección. Ya van a llegar los tiempos y las responsabilidades se olvidan. El reloj nos apresura y casi de manera obligatoria se abandonan las tareas administrativas. Casi todo se vuelve tiempo político.
Si hoy muchos presidentes municipales están volcados en reforzar su presencia electoral no quiero saber cómo están técnica, financiera y administrativamente los ayuntamientos. Entonces de qué valen las restricciones en los tiempos electorales, si cada quien hace lo que le pazca.
En otros países el electorado castiga esta simulación. Aquí no. Pero si valdría un estudio de cuánto tiempo se utiliza y cuánto dinero se pierde o se emplea, para ser generosos en la palabra, en la campaña electoral permanente.
¿Se puede evitar? Pues no se ha podido, y de eso se trataba la transición del viejo régimen a uno distinto hace ya 26 años por estas fechas.
En realidad, el problema no consiste en que los políticos inicien antes o después su proselitismo, sino que hagan uso de recursos del erario público impunemente. Más aún que hagan uso de otro tipo de dineros de origen desconocido o tal vez sea mejor decir, indeseable para los fines democráticos.
Va a seguir sucediendo porque no hay sanción. Antes bien se genera una especie de incentivo para quien lo hace sin castigo. Se valora la pericia de evadir el cumplimiento de la ley y resulta además una especie de atributo reconocido y apreciado.
La prisa política llegó. Se nota un exceso de euforia, que contrasta con el silencio de la ley o su irrelevancia total en materia de tiempos. No es un asunto de purismo legal ni ingenuidad, simplemente deberían desaparecer las restricciones en los tiempos electorales.




