Brasil: ¿un mundo entre izquierdas y derechas?

Alejandro Carrillo Lázaro

Si usted de forma habitual hace lectura de este tipo de artículos o revisa algunos otros medios de información, seguramente pudo darse cuenta de que el pasado domingo se celebraron elecciones en el país más grande de América Latina. Brasil, mayormente conocido por sus futbolistas, pero en los últimos tiempos por ser uno de los países con mayor crecimiento y desarrollo del nuevo milenio, lo llevó a formar parte de los famosos BRICS.

Lo que llamó la atención en esa elección no necesariamente fue la jornada electoral, ni que, al finalizar el conteo de los votos obtenidos, se declarara que ninguno de los candidatos había obtenido la mayoría simple en el número de boletas que le favorecía a cada uno (50% + 1), por lo que se estableció una “segunda vuelta” para el domingo 25 de octubre. Lo que fue llamativo para el mundo es que el reeleccionista Lula da Silva quedara con 2% menos votos que su principal competidor, el bolsonarista Flavio Bolsonaro, hijo también del expresidente a quien desbancó el exlíder sindicalista.

Esta lectura generó dos cosas en el mundo de la opinión política: la primera es la idea de que Brasil está inmerso en un péndulo político que prevé que el siguiente periodo presidencial será desde un enfoque de derecha; como segundo resultado de estas elecciones que aún no terminan, pero si se sigue la tendencia, modificará los números de los países americanos que se han volcado de nuevo a su pasado reciente, como el caso de Colombia, ampliando los miembros del club neoliberal.

Mi opinión es un tanto diferente a esa postura, pues es bastante complejo pensar que en realidad sigue existiendo una ruta ideológica clara entre diferentes candidaturas, sobre todo cuando observas una elección de estas características; pues en muchas ocasiones la postura de la oposición se promociona en elevar los errores de los gobiernos vigentes y en acrecentar las ofertas existentes. Por ejemplo, el PAN en el 2018 promovía una beca universal para todos los mexicanos, mientras Morena hablaba de sus futuros apoyos sociales, constituidos como becas y de carácter constitucional: es decir, a pesar de su según “postura ideológica”, prometían cosas similares. En el 2024 hicieron lo mismo los de oposición, hablando de ampliar más los apoyos sociales.

Lo que trato de decir es, primero, que los cambios ideológicos, sean de la postura que sean, no son realizables en uno o en dos o tres periodos de gobierno y solo bajo el marco del titular del poder ejecutivo; estos solo son tangibles en una comunión de fuerzas que pueda ser sostenida en el tiempo. Y esto es bastante más difícil si argumentamos con Zygmunt Bauman, quien decía que al final no se escogen presidentes, es decir, autoridades con tales fuerzas para condicionar al Estado a una pretensión ideológica, sino que se escogen gerentes de gobierno ante un mundo tan globalizado.

Lo que podemos decir, desde mi punto de vista, es que realmente, más allá de un péndulo del espectro político entre izquierdas y derechas, lo que hay son sociedades con necesidades que no las ven satisfechas en el corto plazo por ninguna de las opciones ya elegidas, pues aunque se pronuncien por darles soluciones, y evidenciando a los gobiernos actuales, terminan viviendo en el mismo problema, marcando una incongruencia clara en aquellos que se presentan como sus aspirantes a representarles. Dejando como resultado una crisis de representación, que en las democracias modernas lo es todo.

Por esa razón, no solo Brasil, Colombia o Perú viven en transiciones entre las que según son “posturas ideológicas”, sino también los Estados Unidos de América entre demócratas y republicanos, y más ahora con el nuevo tipo de republicano como Trump, que regresó apenas en el 2024. La idea central de esto es que el ciudadano ya está agotado y las opciones son muy reducidas; la exigencia es resultado, no izquierdas o derechas, sino resultados. Si no entienden los gobiernos esto pronto, veremos cada vez más cambios de “régimen ideológico” (aunque no haya una ideología clara, más que la permanencia en el poder) en los países democráticos, no para quedarse, sino como una de las escasas oportunidades que dan los pueblos cuando empiezan a cansarse y empiezan a ver como solución a los caudillos autócratas.

Los pueblos no saben qué es izquierda ni derecha, saben cuáles son sus necesidades y cuáles sus problemas; lo que quieren son respuestas de los gobiernos que les prometen solucionarles.

Eppur si muove

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