La Calzada Fray Antonio de San Miguel, conocida popularmente como la Calzada de San Diego, se despliega como un paseo sereno resguardado por fresnos centenarios, pero bajo la elegancia colonial de sus casonas y el murmullo de sus hojas habita la memoria de un encierro cruel. En uno de los ventanales bajos que se asoman hacia este tramo peatonal, la historia de la antigua Valladolid conserva la cicatriz de una injusticia motivada por el orgullo y los celos.
Durante el apogeo novohispano, llegó a la ciudad Don Carlos de Villafuerte, un hidalgo adinerado, altivo y de carácter intransigente, acompañado por su joven esposa, Doña Leonor. La extraordinaria belleza y dulzura de la mujer despertaron de inmediato la admiración de los aristócratas locales, situación que desató en su marido un celo enfermizo y desmedido.
Convencido de que la sociedad vallisoletana atentaba contra su honor, Don Carlos decidió recluir a su esposa en una de las habitaciones traseras de su mansión, justo la que colindaba con la calzada. Las órdenes para la servidumbre fueron estrictas:
Doña Leonor no tenía permitido salir, asomarse libremente ni recibir visitas. La única vía de contacto con el mundo exterior era una ventana protegida por una pesada reja de hierro forjado.
Sin embargo, el destino desafió el encierro. Un joven capitán de la guardia novohispana, Don Manrique de la Serna, descubrió la silueta de la dama tras los barrotes durante sus patrullajes nocturnos. Lo que comenzó como un intercambio de miradas compasivas pronto se transformó en un idilio clandestino. Al amparo de la sombra de los árboles, los amantes conversaban entre susurros y se juraban amor eterno a través del hierro, soñando con el día en que ella pudiera recuperar su libertad.
La tragedia se desencadenó cuando Don Carlos debió emprender un prolongado viaje de negocios a la capital del virreinato. Antes de partir, dejó a Doña Leonor bajo la custodia de sirvientes leales con la instrucción de no proporcionarle alimento si intentaba quebrantar su aislamiento.
Con los días, las provisiones en los aposentos se agotaron y la servidumbre, temerosa del castigo de su patrón, se negó a asistirla.
Desesperada por el hambre y la sed, Doña Leonor comenzó a extender su mano pálida y consumida entre los barrotes de la reja, suplicando un pedazo de pan a los transeúntes que caminaban por la calzada. Quienes pasaban por el lugar, temiendo la furia del influyente Don Carlos, aceleraban el paso e ignoraban sus ruegos.
Cuando el capitán Manrique regresó de una comisión militar fuera de la ciudad corrió al encuentro de su amada, pero fue demasiado tarde. Tras lograr entrar a la casona por la fuerza, descubrió el cuerpo sin vida de Doña Leonor junto a la ventana, con el brazo aún extendido hacia el exterior.
El dolor del joven capitán dio paso a una denuncia formal ante las autoridades del virreinato. Don Carlos fue juzgado a su regreso y sentenciado por la muerte de su esposa, mientras que la casona quedó abandonada al paso de los años.
Hoy en día, la Calzada de San Diego es uno de los rincones más románticos de Morelia. Sin embargo, quienes caminan en la quietud de la noche aseguran que, al pasar frente a la mítica ventana, el ambiente se torna helado y es posible distinguir entre la sombra de la cantera la silueta de una mano pálida que se asoma suavemente por la reja, buscando el auxilio que la ciudad le negó en vida.




