Geopolítica del Balón

Durante las últimas cinco semanas hemos estado atentos,emocionados algunos, otros saturados y enfadados por la Copa Mundial de Futbol que llega este domingo a su fin.

La geopolítica del futbol deja algunas reflexiones que, aunque resulten obvias, son necesarias para entender con más claridad el transcurso de nuestros días.

Primero, la televisión ha sido dueña del deporte globalizado. Tanto en la Copa del Mundo como en los Juegos Olímpicos, el gran negocio que genera la concesión de los derechos de transmisión es un botín que resulta apetecible y se reparte enpocas manos, que por cierto, desde hace décadas son las mismas.

Hace unos días apareció en Netflix la película de ​“México 86”, donde satíricamente se dan a conocer detalles de las estrategias para traer el certamen de futbol más importante del mundo por segunda ocasión a México en 1986.

El tema de fondo es la puesta en escena de la corrupción que se genera en torno a la cantidad impresionante de dinero que se reparte por derechos de televisión, inversiones públicas para infraestructura en los países sede, ingresos por entradas en los estadios, venta de publicidad de los equipos y de los jugadores, entre muchas otras cosas.

No es ociosa la sátira de la película porque exhibe el poder que tuvo en su momento Emilio Azcarraga, el Tigre, dueño de Televisa, quien a fin de cuentas fue uno de los grandes beneficiados con la decisión de traer el mundial. Siempre ha sido una de las figuras más emblemáticas del poder político en el viejo régimen.

Los jugadores sudan en la cancha, pero los dueños de la pelota, en pantalones largos, hacen política al más alto nivel. Es la geopolítica del balón.

Si alguien sabe de negocios en este mundo global es Donald Trump quien apuesta a que los beneficios políticos de la Copa del Mundo, le den más popularidad de cara a todo lo que está sucediendo en Estados Unidos. En el camino seguramente se agenció una buena millonada por los diferentes conceptos que genera la Copa Mundial. 

También se salió con la suya al hacer olvidar un poco la tragedia que sufren los palestinos por la guerra de Israel, los Ucranianos con Rusia y más recientemente Irán con el embargo que continúa y los bombardeos que tienen a millones de personas en la preocupación básica por sus vidas.

En esa geopolítica del balón, llama la atención que la Presidenta Sheimbaum haya decidido no salir a la palestra pública en los partidos de México, seguramente midiendo la posibilidad del abucheo ante un público que muy probablemente pudo haber sido hostil con ella.

Fue una buena decisión, aunque se desaprovechó la oportunidad de ver a los jefes de Estado de los tres países organizadores reunidos, lo que pudo haber mandado una señal de cordialidad de cara a las dificultades para la renegociación del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México. Es una incógnita si aparecerán juntos el domingo en la final. No es el mejor momento de nuestra relación con Estados Unidos pero la geopolítica del balón tiene un propia y poderosa lógica.

El equipo de Irán finalmente no pudo quedarse en Estados Unidos y voló a sus juegos desde Tijuana, con una participación discreta, taciturna, sólo por no dejar. Son más poderosos los intereses entorno al Estrecho de Ormuz y el control del petróleo a nivel mundial.

El partido de Argentina contra Inglaterra que se jugó el día de ayer, tiene una connotación política muy superior a la cancha. Tal vez indebidamente, porque lo que sucedió con la Guerra de las Malvinas fue justamente una perversidad del régimen militar Argentino que se inventó una guerra contra el imperio británico en un islote inhóspito, improductivo y que aún así se ha vuelto simbólico.

Las Islas Falkland o Malvinas se han convertido en el pretexto para una disputa banal entre dos países tan distantes como distintos. Nada cambia en ninguno de los dos lados con la pertenencia de las Malvinas, pero los argentinos la han tomado como bandera de desagravio, revancha y una acción simbólica que tiene más sentido para los políticos que para los jugadores o la población.

Cierto es que la Malvinas son un resabio del imperialismo inglés de siglos anteriores, pero hay mas leones marinos que habitantes. Su población se calcula en unas tres mil personas de los cuales menos de cien son argentinos.

Apenas se puede explicar por qué los jugadores de Argentina históricamente se han sentido comprometidos a ganar ese juego en particular contra Inglaterra y lanzar esa consigna que se mostró por parte de algunos jugadores al término del partido de que las Malvinas son argentinas.

Habrá que recordarle a todo mundo que se trata de un juego, es sólo un partido de futbol del que mucha gente obtiene provecho. Ya veo a los políticos argentinos sacando su patrioterismo para lanzar arengas que no tienen que ver con el juego. Es parte de la geopolítica del balón.

Ahora la final es España contra Argentina y no faltan las voces que hablan del enfrentamiento entre dos mundos, Europa y América Latina, con una suerte de reivindicación histórica por los agravios de la corona Española contra los pueblos originarios. No, es sólo un juego de futbol y por cierto Argentina es probablemente el más europeo de los países Latinoamericanos y más de la mitad de sus jugadores juegan en Europa con todas las comodidades que eso significa. Con sueldos acumulados entre todos juntos, que los envidiaría cualquiera de nuestros países para sus programas sociales.

Es simplemente un encuentro de futbol. Eso sí, un juego del que se ha apoderado la política y no necesariamente para beneficio de los  millones que disfrutamos agradecidos de un poco de espectáculo.

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