Dra. Miroslava Ramírez Sánchez
Vivimos una época marcada por la sobreinformación, la polarización y la necesidad constante de tener la razón. En consulta, cada vez es más frecuente encontrar personas emocionalmente agotadas por ambientes dominados por figuras autoritarias, controladoras o incapaces de escuchar. No solo ocurre en la política: también aparece en empresas, familias, relaciones de pareja e incluso en redes sociales, donde muchos sienten la necesidad de opinar de todo con absoluta certeza.
De acuerdo con reportes recientes de la American Psychological Association, una parte de la población reconoce experimentar estrés relacionado con el clima político y social, especialmente por el tono agresivo y confrontante del discurso público. La ansiedad colectiva aumenta cuando predominan figuras que actúan desde la soberbia, el control o la imposición.
Desde la psicología, esto puede relacionarse con rasgos del llamado síndrome de Hubris, un fenómeno asociado al ejercicio del poder y a la pérdida progresiva de autocrítica. El término proviene de la antigua Grecia y describe a quienes, embriagados por el poder o el reconocimiento, desarrollan una sensación exagerada de superioridad y omnipotencia.
No se trata únicamente de líderes políticos. También puede presentarse en jefes, figuras familiares, líderes religiosos, influencers o personas que, poco a poco, dejan de escuchar porque creen tener siempre la verdad absoluta. El problema no es la seguridad personal, sino cuando esta se transforma en arrogancia, desprecio por los demás y desconexión emocional.
Quienes desarrollan estas conductas suelen mostrar una necesidad constante de validación y control. Les cuesta aceptar críticas, interpretan las diferencias de opinión como ataques y pueden tomar decisiones impulsivas sin considerar el impacto emocional en otros. Con frecuencia, las personas cercanas terminan agotadas, invalidadas o emocionalmente sometidas.
Hoy las redes sociales también potencian este fenómeno. La cultura de la inmediatez premia la opinión contundente más que la reflexión, y muchas personas terminan construyendo una identidad basada en “tener la razón”, no en dialogar. Esto genera relaciones más tensas y menos empáticas.
Sin embargo, detrás de la grandiosidad muchas veces existe fragilidad emocional. El “sabelotodo” suele tener dificultades profundas para tolerar la incertidumbre, equivocarse o sentirse vulnerable. Por eso necesita aparentar control total.
La buena noticia es que estas conductas pueden trabajarse terapéuticamente. La psicoterapia ayuda a desarrollar conciencia emocional, empatía y una percepción más realista de uno mismo. En términos clínicos, hablamos de recuperar contacto con la realidad emocional y relacional, dejando atrás la necesidad excesiva de superioridad.
Algunas señales de alerta del síndrome de Hubris:
- Necesidad constante de reconocimiento y admiración
- Dificultad para aceptar críticas o errores
- Sensación de ser indispensable o insustituible
- Tendencia a desacreditar las ideas de otros
- Conductas impulsivas o autoritarias
- Uso del poder para beneficio personal o autoexaltación
- Falta de empatía hacia quienes piensan distinto
- Exceso de confianza acompañado de poca autocrítica
Frente a ello, vale la pena preguntarnos: ¿escucho realmente a los demás o solo espero mi turno para imponer mi opinión? La salud mental también implica humildad emocional, capacidad de diálogo y disposición para reconocer que nadie posee la verdad absoluta.
En tiempos donde abundan las voces que gritan, quizá el verdadero signo de equilibrio psicológico sea conservar la capacidad de escuchar, cuestionarse y seguir siendo profundamente humanos. Instagram: https://www.instagram.com/miroslavapsic/




