Invitados especiales

Elizabeth Juárez Cordero

En la diversidad de causas que explican el caldo de cultivo que hace germinar la corrupción, se encuentran aquellas relacionadas con la conducta y los patrones psicosociales de quienes participan de este tipo de conductas, que considerados o no delitos, implican siempre una transgresión ética, que evidencian rasgos de personalidad  y actitudes psicosociales, sobre sí mismos y su entorno.

La búsqueda de reconocimiento y validación social, fomentada  por una sociedad obsesionada con el máximo rendimiento y el éxito basado en la posesión, como describe el filósofo Byungh Chul Han en su Sociedad del cansancio, bien podrían ser variables que en lo individual contribuyen a un comportamiento corruptor, tales como la ambición, el oportunismo, el lucro, el agandalle, el querer ser más que los demás, ser favorecidos o tratados con excepcionalidad y distinción.

Ese que se ha asumido invitado especial, que lo mismo exige un lugar en la primera fila, una silla a un costado de la persona que encabeza el presídium, el que pide estacionarse en un espacio distinto al resto, el que inaugura un cuarto carril porque puede y porque esperar el semáforo o el flujo correcto de los autos, no es lo suyo, porque claro es más listo que los demás. El que presume como cualidad personal ser compadre o amigo de alguien que ostenta un cargo público, lo mismo que de aquel que se embelesa en elogios y pleitesías a quien goza de una autoridad.

La experiencia y los ejemplos sobran para ilustrar expresiones sutiles de quienes con poder institucional o no, son presas fáciles primero de sí mismos, de sus pasiones y deseos, y luego de un entorno que parece premiar a quienes hacen reproducir un fenómeno latente como la corrupción; cuyos grandes casos pueden revelar interesantísimas redes de complicidad entre instituciones públicas o privadas, sofisticadas maniobras jurídicas o transacciones complejas que dificultan seguir  la trazabilidad de los recursos, todas, indicativas de habilidades y alto conocimiento especializado o técnico; pero no solo eso. 

Porque previo a ello, les antecedió una actitud, una decisión individual y deliberada de formar parte de un conjunto amplio de actores que materializaron casos como los que hoy conocemos;  los sobornos de Odebrecht, la llamada Estafa Maestra o las revelaciones de finales del año pasado sobre las redes del huachicol fiscal. 

Como ocurre con cualquier otro tipo de conductas, la corrupción se aprende, se entrena, como práctica gradual, que lo mismo encuentra incentivos que áreas de oportunidad, porque hacerlo no sólo no le trae consigo un castigo (o es lo que se cree) sino que en la ganancia, se otorga reconocimiento, riquezas, estatus, poder.

Es en esa revisión introspectiva, de lo que somos en lo individual, y en colectivo, que subyacen valores, conductas, rasgos que pasados por alto, sin autocontrol ni controles externos, hallan a la menor provocación, camino fácil para su reproducción.  Es por ello que el poder, el poder abusivo, ejercido como patrimonio personal y no como potestad pública, concede rienda suelta a los deseos y placeres más íntimos, los que reconocemos pero aún más los que se calla.

Ahí están, no nos toman por sorpresa, con o sin cargo, sin importar el nivel jerárquico, o el origen que motive una conducta ventajosa, pública o privada; se hacen presentes, en la conducta propia como ajena, en lo que deseamos tanto como aquello que admiramos o a quienes rendimos halago, porque son también síntoma de quienes somos frente a la oportunidad y el provecho. Y es en la puesta a prueba reiterada, en el tiempo como en distintas circunstancias, donde se confirma o no la  capacidad  de decisión como valor ético, porque no se es integro una vez y para siempre, sino que es en el actuar cotidiano que se práctica, que se hace consistente.

Desterrar prácticas institucionalizadas del autoelogio y la discrecionalidad, entre ciudadanos de primera o de segunda, invitados especiales como de aquellos que no lo son en función del cargo que ostentan, es reforzar la excepcionalidad como valor colectivo, porque válida la apropiación ilegítima de lo público; ahí empiezan también las primeras acciones para desnormalizar el abuso, en la consistencia personal trasladada a las instituciones públicas.

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