Jaime Darío Oseguera Méndez
Esta semana se cumplieron 32 años del asesinato de Luis Donaldo Colosio. Se trata de uno de los hechos más obscuros de la historia política del país. No cabe duda de que es un momento decisivo en la transición del régimen político en México.
El año de1994 fue definido como “el año que vivimos en peligro” en vista de los graves sucesos que se desencadenaron como parte de un dramático, peligroso y triste fin del sexenio de Carlos Salinas de Gortari. De entrada en enero de ese año irrumpió el EZLN al mismo tiempo que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio, asesinaron al Cardenal Posadas Ocampo y al Secretario General del PRI José Francisco Ruíz Massieu. La economía se debilitó al nivel del colapso y gran parte del problema fue el homicidio del candidato del PRI, puntero a la presidencia Luis Donaldo Colosio.
Se define como magnicidio a la muerte de un personaje político importante para un país. En este caso se trata del candidato a la Presidencia de la República que seguramente habría ganado la elección, por el contexto de la competencia política, donde, si bien es cierto que iban a la boleta Cuauhtémoc Cárdenas por el PRD y Diego Fernández de Ceballos por el PAN, la intención de voto estaba decantada de manera muy clara a favor de Luis Donaldo Colosio y el PRI.
El contexto es importante. El régimen se había cimbrado de fondo por la elección a Presidente de la República donde se ha generado el histórico cuestionamiento sobre el verdadero resultado electoral y la sombra de fraude de 1988.
El electo presidente Salinas asume el cargo en medio de la crisis política y designa a Colosio al frente del PRI para recuperar los espacios perdidos y presentar una cara diferente, la de una nueva generación que, entre otras cosas, se comprometía a transformar el partido y con esa decisión las relaciones de poder en lo general.
El efecto fue inmediato. Colosio encabezó un movimiento de entusiastas profesionistas y políticos jóvenes en ese momento, diferentes y hasta contrastantes de la clase política tradicional de años previos, que apostaron por la renovación desde adentro y por la transformación del partido al interior del poder, para conservarlo.
El resultado se vio en la elección inmediata de 1991 cuando el PRI arrasó con el resultado electoral apenas tres años después de que habían perdido una buena cantidad de distritos electorales. El PRI recuperó la hegemonía de la mano de Salinas a través de Colosio, lo que lo puso en la lista de presidenciables.
Es difícil entender qué hubiera pasado si en lugar de Colosio hubiera estado otro operador político. Los métodos contra fácticos siempre son necesarios para entender los procesos históricos. Seguramente el resultado habría sido muy similar de la mano de otro liderazgo porque en el fondo lo que se puso a caminar fue todo un sistema de apoyos y programas sociales vinculados con la parte electoral.
No se si lo mataron por sus ideas, que por cierto no eran muy exclusivas. Difícilmente se podía tener un discurso que no fuera de cambio. Hasta la Unión Soviética lo estaba teniendo con la Perestroika de Gorbachov y estaba apunto de desaparecer.
Lo mataron porque iba a ganar y representaba determinados intereses. Por eso suena poco aceptable que lo haya asesinado quien lo seleccionó como candidato y a quien defendía. Mario Aburto fue la mano asesina pero la intelectual nunca nos la dieron a conocer. Por eso es una razón de Estado. Coincido con la Presidenta Sheinbaum cuando dice que no se trata de perdonar como ha dicho el hijo de Luis Donaldo, quien ha pedido que lo indulten.
Gana notoriedad con esas declaraciones y, aunque lo haga o no de manera intencional, es una desgracia que la tragedia de su padre sea el mecanismo de su ascenso al poder.
No se trata de perdonar o no. Va más allá de ser un asunto personal. Hay una sentencia derivada de un procedimiento penal y al menos el asesino material deberá purgar su condena. Todo su proceso fue un desastre porque a nadie de arriba le interesó la verdad tanto como el lucro político
No se trata de “perdonar” como dice su hijo quien de manera natural es el principal beneficiario de su prestigio. Como él, muchos han utilizado y lucrado con el nombre. Amigos y opositores; familiares y detractores.
Hoy el hijo revive la tragedia para promocionar su candidatura; donde sea. En Nuevo León o Sonora. No importa, hay que explotar el nombre. Lamentable. Y por las reacciones, desde el poder lo ven con cierta angustia. Les hace ruido.
La lamentable muerte de Colosio fue desgraciadamente un punto de inflexión para el cambio de régimen político. En el grupo gobernante del momento no tuvieron otra más que transitar hacia el reconocimiento de las condiciones de pluralidad de nuestras comunidades y la aceptación de la alternancia inevitable.
La teoría del péndulo dice que los resultados electorales se mueven temporalmente de un extremo al otro del espectro político e ideológico. No siempre van a ganar los mismos. De manera que el péndulo pudo haber tocado su punto más alto y por lo tanto el momento de su regreso con la muerte de Luis Donaldo.
Resumen. El magnicidio de Colosio no ha sido aclarado en términos de la hechura intelectual y el motivo. Sigue impune. De eso se han beneficiado propios y extraños, muchos de los cuales estarían en el absoluto anonimato sin explotar su tragedia. Para desgracia de él y los suyos, su muerte marca el inicio del fin del viejo régimen.
En el PRI tuvieron que apagarle las veladoras al saber que su reverencia, sólo aumentaba las posibilidades de triunfo de su hijo en partidos opositores, a los que tiene todo el derecho de acudir para beneficiarse del nombre.
Para quienes seguimos en el PRI, lo vemos como una referencia y lo veíamos con reverencia hace 34 años, la muerte de Colosio sigue siendo una tragedia. Muestra del salvajismo que puede asumir la política, cuando no se controlan los apetitos de poder.




