La 4T se ha apoderado del Estado para usarlo contra los ciudadanos.
Hobbes imaginó al Leviatán, un monstruo marino bíblico invencible, como metáfora de un Estado fuerte capaz de contener la violencia entre individuos. Pero ese pacto civilizatorio dependía de una premisa: que el monstruo permanezca encadenado por la ley. En México, la 4T ha emprendido algo distinto: el movimiento político se sienta en el trono del Estado, absorbe sus instrumentos y los gira —sin contrapesos— contra la propia ciudadanía. Lo que era un armazón institucional diseñado para servir y limitar al poder se ha vuelto una maquinaria de uso discrecional.
Y la evidencia está ahí: protestas reprimidas, periodistas criminalizados, impuestos que castigan más que financian, fallos judiciales fabricados, y un ciclo legislativo que convierte en normas las obsesiones del régimen, aunque impliquen reducir derechos, abolir garantías o neutralizar oposiciones.
La respuesta violenta a las manifestaciones recientes —desde la marcha feminista hasta las protestas juveniles más recientes— muestra un patrón: el uso coordinado de fuerzas policiacas y grupos parapoliciales para contener, intimidar o provocar enfrentamientos. Que los jóvenes sean reprimidos en el Zócalo por expresar frustración económica y política es un síntoma de una degradación institucional profunda: no es el Estado protegiendo el orden; es el movimiento protegiendo su narrativa.
Las comunicaciones oficiales de la presidenta y su gabinete son para amedrentar y criminalizar a quienes protestan o critican al régimen sean jóvenes, agricultores, feministas, víctimas de violencia, madre buscadoras o padres de niños con cáncer que no tienen medicamentos. Es más importante saber quién tuitea que quien dispara contra las víctimas. La comunicación oficial no da respuestas, solo hace propaganda.
El Leviatán de Morena no necesita solo policías; también usa la chequera. El diseño fiscal para 2026 lo deja claro: aumentos implícitos vía cuotas, tarifas ajustadas discrecionalmente, y la amenaza siempre latente del SAT como brazo político. La política tributaria se ha convertido en una palanca para disciplinar sectores, encarecer conductas “indeseables” o premiar silencios. Un Estado que cobra para gastar es normal. Un Estado que cobra para controlar, no.
Los primeros fallos del nuevo Poder Judicial muestran una tendencia preocupante: resoluciones alineadas con los intereses del Ejecutivo, interpretaciones expansivas de facultades gubernamentales y una peligrosa indiferencia frente a violaciones a derechos fundamentales. El Leviatán no solo rompió sus cadenas: se llevó al juez con todo y cadena. El último botón de muestra es la ruptura del principio de “cosa juzgada” y la apertura de asuntos que estaban concluidos, a la par que la agenda política y de persecución de empresas en materia fiscal es evidente: primero Salinas Pliego, luego FEMSA, Samsung y lo que venga.
La 4T comenzó presumiendo “el mandato popular para ampliar derechos”. Hoy, la tendencia es la contraria: nuevos tipos penales ambiguos que permiten perseguir periodistas y activistas, reformas para limitar amparos, restringir transparencia y reducir autonomía de organismos constitucionales. Leyes que colocan a los ciudadanos como sospechosos por defecto y al gobierno como intérprete único del interés público. La nueva agresión es la iniciativa de Ley del agua que amenaza a los campesinos que en cuanto levantaron la voz fueron criticados por la presidenta. El derecho ya no funciona como límite: funciona como arma.
¿Qué sucede cuando un movimiento político se apropia del Estado al punto de diluir la frontera entre institución y facción?
El Leviatán actual es omnímodo. No vigila para proteger, sino para controlar. No recauda para redistribuir, sino para condicionar. No juzga para equilibrar, sino para confirmar. Y peor aún: todo esto ocurre sin ofrecer resultados. La inseguridad sigue, la economía se estanca, la educación retrocede y la desigualdad persiste. El Leviatán se volvió grande, pero no se volvió útil.
Hoy México enfrenta el riesgo de un Estado capturado por un movimiento que se percibe a sí mismo como portador exclusivo de la legitimidad popular. Un Leviatán que, en lugar de protegernos del caos, comienza a producirlo. La pregunta para los próximos años no será si la oposición puede ganar elecciones, sino si la sociedad puede volver a encadenar al Leviatán antes de que el monstruo vuelva irreversible su dominio.




