Entre la penumbra de la antigua Valladolid y la memoria de sus crónicas tradicionales, Morelia guarda rincones cuyas historias han trascendido el tiempo.
Uno de los pasajes más enigmáticos es el desaparecido Callejón del Muerto, una calleja que en el periodo virreinal se ubicaba en el flanco norte del convento y el cementerio de San Francisco, hoy la calle de Fray Bartolomé de las Casas.
Las crónicas históricas locales recopiladas por el historiador Mariano de Jesús Torres documentan el trasfondo humano y trágico detrás del oscuro mote de este rincón.
El mercader, la dama y la venganza
El relato sitúa como protagonista a Don Diego Pérez, un comerciante de alcurnia en la Valladolid colonial, descrito con un carácter tan calculador como orgulloso. La historia entrelaza su camino con el de una distinguida joven de la sociedad vallisoletana, ampliamente reconocida por su bondad y su constante labor altruista a favor de los pobres, enfermos y desprotegidos de la ciudad.
Tras cortejarla y lograr ganarse su afecto, las intenciones superficiales y vanidosas de Don Diego contrastaron con la pureza de los sentimientos de la dama. Cuando la joven marcó distancia o rechazó someterse a sus intereses, el orgullo del comerciante quedó profundamente herido.
Incapaz de aceptar el desaire, Don Diego urdió un plan silencioso. Decidió liquidar sus mercancías, cerrar su tienda principal y buscar un aislamiento total, alquilando un modesto cuartucho precisamente a espaldas de las tapias del panteón de San Francisco.
Desde aquel refugio taciturno, comenzó a maquinar un oscuro ajuste de cuentas contra quien se había atrevido a desafiar su soberbia.
Los trágicos acontecimientos que se fraguaron en ese encierro, sumados al ambiente tétrico, la cercanía con el camposanto y la absoluta oscuridad de la zona por las noches, bastaron para que los vecinos de la época bautizaran el lugar de manera espontánea como el Callejón del Muerto.
Aunque la traza urbana moderna y el crecimiento de la ciudad modificaron el paisaje de aquellas viejas casonas y bardas conventuales, la narrativa rescatada por los cronistas locales nos recuerda que las calles de Morelia no solo están hechas de cantera rosa, sino de las pasiones, miedos y secretos de quienes las habitaron en el pasado.



