Callejón del Romance: La trágica leyenda oculta entre versos y sombras

El Centro Histórico de Morelia es una joya esculpida en cantera rosa, pero más allá de la majestuosidad de su Catedral y la elegancia de sus avenidas principales, sus pasajes antiguos resguardan historias y leyendas poco conocidas que suelen pasar desapercibidas ante la mirada apresurada de los transeúntes.

Entre todos esos rincones, hay uno en particular cuya atmósfera susurra pasiones y tragedias del pasado: el emblemático Callejón del Romance.

Hoy en día, este rincón es uno de los puntos más fotogénicos y apacibles de la ciudad. Sus muros lucen con orgullo los versos del poema “Romance de Valladolid”, de Lucas Ortiz, flanqueados por fuentes de cantera, enredaderas y una iluminación cálida que invita a caminar despacio. Sin embargo, su suelo empedrado resguarda una memoria mucho más oscura.

A finales del siglo XVIII, cuando Morelia aún llevaba por nombre Valladolid, este angosto pasaje era conocido simplemente como el Callejón de la Bolsa. En ese entonces no había versos ni flores, sino los muros altos de una casona donde habitaba Don Antonio, un adinerado comerciante de carácter huraño, consumido por unos celos enfermizos.

Don Antonio estaba casado con Doña Elena, una joven vallisoletana de singular belleza. Cada vez que sus negocios lo obligaban a emprender largos viajes hacia la Ciudad de México o Veracruz, el comerciante acondicionaba la vivienda para mantener a su esposa en un estricto encierro. La voz popular cuenta que, cegado por el temor a que alguien más la pretendiera, encomendó a un herrero local la fabricación de un cerrojo único con el que sellaba la casona desde el exterior antes de marchar.

El destino, sin embargo, cobró su cuota. En uno de esos viajes, la caravana de Don Antonio fue emboscada en la sierra y el comerciante perdió la vida.

En Valladolid, las semanas transcurrieron en silencio. Sin noticias de su esposo y completamente inmovilizada tras las puertas atrancadas, Doña Elena quedó atrapada. Cuentan los relatos viejos que los vecinos del callejón comenzaron a escuchar débiles sollozos y sutiles golpes que retumbaban desde el interior de la piedra. Por temor al temperamento de Don Antonio, nadie se atrevió a intervenir a tiempo. Para cuando las autoridades forzaron las cerraduras, la tragedia ya se había consumado.

Fue hasta 1965 cuando la ciudad intervino el pasaje para rescatarlo del olvido. Se plasmaron en sus muros las estrofas de la obra literaria de Lucas Ortiz, un romance en la tradición poética hispana, y se instalaron fuentes y faroles para transformar su rostro. Así, el lugar adoptó su nombre actual en un doble tributo: a los versos esculpidos en sus paredes y al refugio idílico que nació para los enamorados.

Sin embargo, los caminantes nocturnos afirman que el pasado nunca se borra del todo: cuando la neblina baja sobre la cantera rosa y el ruido de la ciudad se apaga, entre el murmullo de las fuentes aún se percibe el eco tenue de pasos y cadenas que recuerdan el origen de este rincón con historia.

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