La normalización del horror.

La 4T es indiferente al sufrimiento de los mexicanos.

Cuando AMLO ocupaba la Presidencia de la República, en uno de sus más lamentables momentos de una larga lista de momentos lamentables, se rio de que un medio de comunicación calificara un multihomicidio como masacre, y no contento con negar lo evidente, se mofó: “ahí están sus masacres”. Es quizá, la peor estampa del presidente que se decía cercano al pueblo y le trató con frialdad e indiferencia en el sufrimiento como ninguno. La pandemia, la violencia criminal o los desastres naturales sólo fueron ocasiones de propaganda.

Claudia Sheinbaum no es distinta, en la forma hace menos stand up comedy que su mentor, pero en el fondo mantiene una mezcla de indiferencia y frustración ante quienes sufren. Le incomoda que la distraigan de su gesta histórica con asuntos que no le importan. Ella sigue en lo suyo, en la “mañanera” del 26 de enero se zafó como escapista de las preguntas sobre la ejecución de 11 personas en un campo de futbol en Salamanca, para dedicarle cerca de 30 minutos a que le pidió, mediante misiva diplomática al gobierno de Corea del Sur, más conciertos de la banda K-Pop, BTS, porque las entradas se agotaron. Es inverosímil. Al menos Peña se esforzaba en sus “cajas chinas”.

Y esta no es la excepción sino la regla. Cada vez que hay una tragedia que el gobierno pudo o, peor aún, debió evitar, siempre hay alguna frivolidad en el discurso oficial para distraer la atención del respetable público. Pero lo que pudiera interpretarse como una estrategia de comunicación política ha tenido un efecto perverso en la sociedad: nos ha deshumanizado. Más de 250 mil homicidios y 2400 masacres han ocurrido en los dos gobiernos de Morena, un auténtico baño de sangre, que lejos de recibir condena, condolencia o empatía ha recibido la frialdad y la frivolidad de un gobierno que se presume “humanista”.

Si el propósito era que dejáramos de prestar atención a la violencia y, mejor todavía, a la incapacidad y hasta la complicidad gubernamental frente a ella, han tenido éxito. Hasta hace muy poco el tema de la inseguridad no le restaba puntos en las encuestas a Morena y aún está por verse si le puede restar votos, porque en el pasado no lo ha hecho. Ya no nos sorprende ni nos indigna la violencia cotidiana y son raros los eventos que realmente sacuden a la sociedad. Como ahora en Michoacán, que mientras todavía llora a Carlos Manzo, se pasmó ante la devastadora noticia de que toda una familia fue asesinada y sus cuerpos calcinados. Por cierto, los gobiernos se limitaron a lamentar el “fallecimiento”.

El daño colateral es que se va aceptando socialmente la idea de que la violencia y el homicidio son admisibles, normales, cotidianos. Eso silencia las protestas y valida a los criminales: es una auténtica cultura de la muerte esparcida desde el discurso oficial, porque no hace falta gritar “¡viva la muerte!” como los franquistas para promover la violencia, es suficiente la indiferencia, la frialdad, la distracción para extenderle su permiso a la muerte y a sus crueles y nefastos personeros.

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