Aunque es una buena noticia, los mexicanos no nos sentimos más seguros ni los cárteles son más débiles.
La presidente Sheinbaum lo ha anunciado con bombo y platillo. Los homicidios se han reducido en más un 25%, y lo que parece una noticia que todos festejaríamos – polarización aparte – no ha generado el entusiasmo que el gobierno imaginaba, tal vez porque ellos mismos han sembrado tantas mentiras que, ya nadie sabe qué creer, especialmente si viene de la 4T. Sin embargo, las causas del poco entusiasmo son más complejas y merecen pensarse un poco. Y eso que dejaré las dudas sobre la veracidad de los datos, que expertos serios en el tema han planteado, sin una respuesta clara de las autoridades.
Aun cuando regresar a menos de 1800 homicidios en un mes de una media de 2300 en el mejor de los casos y más de 3000 en el peor del sexenio anterior puede ser impresionante no es la primera vez que ocurre, ni la primera que el dato es desairado. En 2012 el gobierno de Calderón logró reducir a poco menos de 900 homicidios mensuales de un máximo de 1700 y también lo celebró… con poquísimo éxito. La primera razón de la falta de entusiasmo es que 60 homicidios diarios siguen siendo muchísimos y generando violencia y dolor en cantidad suficiente como para no dar crédito al optimismo del gobierno.
Pero vayamos al fondo. Desde hace años yo he sostenido que la cifra de homicidios es una muy mala medida del éxito de la estrategia de seguridad porque en lo fundamental cada gobierno ha hecho lo mismo todo el tiempo en materia de combate a la delincuencia y los datos de este delito fluctúan sin una correlación. Incluso gobiernos extraviados y sin estrategia como el de Michoacán atestiguan (no se puede decir otra cosa) reducciones en las muertes violentas sin atinar a explicar qué hicieron.
La principal explicación del número de asesinatos está en lo que hacen los delincuentes y no en lo que hace la autoridad. Los criminales matan, en general, por necesidad, como un daño colateral, así cuando buscan apoderarse de un territorio o una actividad y están en una disputa con otros delincuentes, la violencia y los homicidios se incrementan, en tanto que cuando un grupo asienta sus reales ya sin rivalidad, se presenta una “pax narca” en la que se reducen los asesinatos y se incrementan el cobro de piso, el secuestro y el lavado de dinero. Piensen en el caso Sinaloa, por años con una de las tasas de homicidios más bajas del país hasta que se desató una guerra entre los que antes mantenían la paz.
El otro factor relevante es que hay un “aprendizaje” de los criminales, sobre que si no hay cadáver no hay homicidio, y que las consecuencias de un desaparecido son menos malas para el “negocio” que las de un asesinado, por tanto, aprovechando su control territorial, se han vuelto especialistas en desaparecer los restos de sus víctimas. De ahí la cifra de la que el gobierno no habla: 13% más de desaparecidos.
En conclusión, aunque lo niega por razones políticas el gobierno actual tiene una estrategia distinta ante la delincuencia organizada que empieza a dar algunos frutos modestos, pero que tampoco es la solución de fondo porque es el regreso a lo que tuvimos con Calderón y Peña. Por otro lado, apenas empieza a atender el grave deterioro que provocó el sexenio de AMLO en cuanto a entrega del deterioro, desmantelamiento y penetración del aparato de seguridad. Seguiremos viendo cifras optimistas, pero estamos aún lejos de superar la violencia y el crimen que se apoderaron de México.




