Los niños que no conocerán un mundo sin inteligencia artificial

Los primeros integrantes de la llamada Generación Beta ya nacieron.

Se utiliza ese nombre para quienes nacen a partir de 2025 y, aunque esto de ponerle etiquetas a las generaciones siempre tiene algo de arbitrario, en este caso me parece un ejercicio particularmente interesante: estamos hablando de los primeros niños que vivirán toda su vida en un mundo en el que la inteligencia artificial ya existía cuando ellos llegaron.

Un niño nacido en 2026 tendrá 24 años en 2050. ¿Qué va a hacer? ¿En qué va a trabajar? ¿Seguirá estudiando una carrera de cuatro o cinco años? ¿Tendrá una profesión durante toda su vida? ¿Trabajará ocho horas diarias? ¿Se jubilará? No tenemos idea.

Y creo que es importante decirlo así, porque últimamente abundan las publicaciones que aseguran saber perfectamente cómo será el trabajo dentro de veinte años: cuántas profesiones desaparecerán, cuántas carreras tendremos o qué empleos dejarán de existir.

Podemos hacer proyecciones. No adivinaciones, pero sí tenemos datos que permiten empezar a imaginar.

La Organización Internacional del Trabajo analizó cerca de 30 mil tareas de cientos de ocupaciones y encontró que uno de cada cuatro empleos en el mundo ya tiene algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa. En los países de ingresos altos la proporción llega al 34%.

Y aquí viene lo interesante: la OIT no concluye que uno de cada cuatro empleos vaya a desaparecer, considera mucho más probable que los trabajos se transformen, y eso es una diferencia enorme.

Porque entonces quizá dentro de veinte años sigan existiendo abogados, médicos, maestros, periodistas, diseñadores y contadores, lo que puede ser completamente distinto es lo que hagan todos los días.

A mi ya me pasó, nací en 1980 y, cuando pienso en los Beta, inevitablemente hago el ejercicio hacia atrás.

Yo escribí sin computadora. Usé máquina de escribir. En mis primeros años de trabajo utilicé fax. Guardé archivos en disquetes de tres y media. Conocí computadoras sin mouse y recuerdo perfectamente aquel sonido espantoso, que quienes lo vivimos reconocemos de inmediato, del módem conectándose a internet a través de la línea telefónica.

Y, claro, mientras estabas en internet nadie podía usar el teléfono, después llegaron el correo electrónico, Google, los celulares, las redes sociales, los smartphones y la nube.Y ahora utilizo inteligencia artificial prácticamente todos los días.

Todo eso ocurrió durante una sola vida, y no lo cuento por nostalgia. No creo que antes las cosas fueran mejores.

Me interesa por otra razón: a mi generación nos prepararon para un mundo que terminó siendo muy diferente al que nos tocó vivir, y nos tocó adaptamos.

Los Beta tendrán que hacer lo mismo, probablemente a una velocidad todavía mayor, la diferencia es que ellos partirán desde otro lugar. No descubrirán la inteligencia artificial a mitad del camino. Para ellos estará ahí desde el principio.

Y tampoco vivirán ese futuro solos, en 2050 convivirán laboralmente con miembros de la Generación Alfa, centennials, millennials y todavía integrantes de la Generación X, es decir, no estamos tratando de imaginar exclusivamente el mundo de los Beta.

Estamos intentando imaginar el mundo en el que tendremos que convivir todos.

La IA no entró solamente a las fábricas, Microsoft Research hizo un ejercicio que me parece mucho más útil que preguntarle a un grupo de expertos qué empleos creen que desaparecerán: analizó 200 mil conversaciones reales y anonimizadas con Copilot para observar qué estaban haciendo las personas con inteligencia artificial.

Entre las actividades más frecuentes estaban buscar información y escribir; y entre las tareas que realizaba la propia IA aparecían proporcionar información, redactar, enseñar y asesorar.

Es decir, la inteligencia artificial entró directamente en actividades que durante mucho tiempo consideramos propias del trabajo intelectual.

Anthropic encontró otro dato interesante al analizar el uso laboral de sus sistemas: aproximadamente 57% correspondía a colaboración entre la persona y la IA y 43% a automatización directa.

Otra vez: no necesariamente desaparece la persona o el.empleo, cambia lo que hace.

Y si esto está ocurriendo cuando los primeros Beta apenas están aprendiendo a caminar, tratar de adivinar exactamente cómo será su trabajo a los 24 años resulta bastante atrevido.

Pero hasta aquí estamos haciendo lo que casi siempre hacemos cuando intentamos imaginar el futuro: mirar hacia la tecnología qué podrá automatizar, qué hará mejor, qué profesiones transformará, qué tareas dejarán de hacer las personas.

Y si de verdad queremos imaginar el mundo en el que vivirá un niño nacido en 2026, nos falta mirar la otra mitad de la ecuación.

No solamente qué podrá hacer la tecnología, sino qué empezaremos a valorar los seres humanos precisamente porque la tecnología puede hacerlo casi todo.

Los Beta no solamente heredarán nuevas herramientas, también podrían heredar un mundo en el que muchas cosas que hoy requieren tiempo, conocimiento o habilidad sean extraordinariamente fáciles de producir, y cuando algo deja de ser escaso, cambia su valor.

Eso me llevó a pensar en cosas muchísimo más cercanas: tengo una sobrina con una repostería muy exitosa. Entre otras cosas hace cupcakes y su trabajo es muy bien valorado.

Tengo una hermana que hace y vende velas artesanales. También ha encontrado personas dispuestas a pagar por algo que perfectamente podrían comprar producido industrialmente.

Y yo pinto mandalas, si lo único que quisiera fuera tener la imagen de un mandala, hoy podría pedirle a una inteligencia artificial que me generara cien en unos minutos, pero ése no es el punto de pintar uno.

Un mandala hecho a mano contiene horas. Errores. Correcciones. Decisiones. Pequeñas diferencias que probablemente una máquina intentaría eliminar.

Lo mismo ocurre con un cupcake decorado a mano o una vela artesanal, por supuesto que una máquina puede producir algo parecido, pñrobablemente  más rápido, más barato y, eventualmente, con una precisión impecable, pero quizá justamente ahí aparezca una paradoja.

Mientras más fácil resulte producir algo perfecto, más valor podríamos empezar a darle a aquello que conserva las señales de haber sido hecho por alguien, y no es que solamente se me haya ocurrido.

Etsy, uno de los grandes mercados mundiales de productos creativos y artesanales, permite determinados artículos realizados con ayuda de inteligencia artificial, pero exige revelar su utilización y ha reforzado sus estándares para distinguir la participación humana en aquello que se vende.

Su propia misión utiliza una frase bastante oportuna para este momento: “Keep Commerce Human”, mantener humano el comercio.

Todavía sería exagerado afirmar que la inteligencia artificial está provocando una revalorización general de lo artesanal, pero como posibilidad resulta my interesante.

Porque quizá estamos suponiendo que el futuro necesariamente otorgará mayor valor a todo aquello que sea más tecnológico.

Y podría ocurrir algo bastante más extraño: Imaginémoslo por un momento. En Beta en 2050 tendrá 25 años, trabajará todos los días con sistemas de inteligencia artificial muchísimo más sofisticados que los actuales, podrá generar imágenes, música, documentos o quizá objetos completos casi instantáneamente.

Y al salir de  trabajar y comprar un cupcake hecho esa mañana por una persona, enciende una vela artesanal, paga por escuchar a alguien tocar música en vivo, compra una pintura porque sabe quién la hizo.

Quizá incluso esté dispuesto a pagar más por esas cosas, no porque sean más eficientes, precisamente porque no lo son y  alguien tuvo que dedicarles tiempo.

Y aquí aoatece una variable que  olvidamos cuando hablamos del futuro, la tecnología no solamente cambia qué podemos producir, también cambia qué consideramos valioso.

Cuando algo se vuelve abundante, aquello que sigue siendo escaso puede adquirir otro valor.

Y si en el futuro las imágenes, los textos, la música, los diseños y buena parte de los productos intelectuales pueden producirse prácticamente sin límite, quizá una de las cosas verdaderamente escasas sea algo sorprendentemente sencillo: el tiempo humano.

Entonces el futuro de la Generación Beta podría resultar bastante menos predecible de lo que imaginamos, inteligencias artificiales extraordinariamente sofisticadas conviviendo con un renovado interés por lo artesanal, producción  infinita y objetos únicos.

Ésta sí es nuestra pequeña dosis de futurología, ya que me parece bastante más interesante que intentar adivinar cuáles serán las diez profesiones con mayor demanda en 2050.

Porque quizá cuando pensamos en los Beta nos preocupamos demasiado por qué tendrán que aprender para vivir en el futuro y demasiado poco por qué cosas serán valiosas para ellos cuando lleguen ahí.

No sabemos qué profesión elegirá un niño nacido hoy. No sabemos cuántas veces cambiará de trabajo ni qué parte de ese trabajo hará acompañado por una inteligencia artificial.

Pero sí podemos imaginar que crecerá en un mundo donde producir muchas cosas será cada vez más fácil, yeso puede modificar no sólo cómo trabaja, sino también qué desea, qué compra, qué admira y por qué cosas está dispuesto a pagar.

Tal vez una de las ironías más interesantes de su futuro sea ésta que nientras más artificial sea una parte de su mundo, más valor podría adquirir aquello cuya humanidad resulte imposible de confundir.

Algo que tomó tiempo,  que no quedó idéntico al anterior, que conserva una pequeña imperfección, que todavía podamos decir, simplemente: esto lo hizo una persona.

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