El Método Bukele

Jaime Darío Oseguera Méndez

En San Salvador capital de la República del Salvador, se respira cierto aire de confianza. Lo dicen quienes la han visitado recientemente, durante los últimos años del actual Presidente Nayim Bukele.

Como muchos países de tradición hispana, vive en la ficción de ser una república, pero en el día a día se impone el centralismo y la concentración de poder.

República unitaria es un modelo que tiene El Salvador donde solamente existe una Constitución general. Que ordena la división territorial en departamentos sin que existan gobiernos estatales soberanos.

Desde el centro de la república unitaria un Presidente mantiene la jerarquía sobre los departamentos que crea la constitución, quienes tienen autonomía administrativa, siempre bajo el gobierno central.

La Asamblea Nacional y los ayuntamientos también son electos, pero el peso general de las decisiones políticas recae en la figura presidencial.

Por eso no es casualidad que Bukele haya tenido la capacidad de transformar al país en unos cuantos años a partir de combatir a la delincuencia organizada.

La República como concepto general nace para combatir a la monarquía; una suerte de antídoto contra el poder absoluto. Hacer prevalecer a la «cosa pública» (res pública) fue la forma de crear un sistema político donde el patrimonio de las cosas y las decisiones políticas no dependerán de una sola persona.

Así la teoría. Al menos fue una manera de atajar los excesos monárquicos y con ello nace la figura de los Estados modernos.

Lo curioso es que en todos los modelos derivados de la República se ha tendido a la concentración del poder. Ya lo veía Tocqueville desde el principio: el nuevo régimen tiene más parecido con su antecesor del que queremos aceptar.

Las repúblicas quieren ser más centralistas de lo que decidió su origen. Eso es lo que pasa en El Salvador de Bukele quien es un figura enigmática, bien podríamos decir que un poco fascinante.

Inició en la izquierda como alcalde de la mano del partido que derivó de los acuerdos de paz cuando terminó la guerra civil. El Frente Farabundo Marti (FMLN) fue el recipiente en el que se unieron varios grupos guerrilleros después de los acuerdos de Chapultepec en México al inicio de los noventa para terminar la guerra.

La guerra civil había provocado migración masiva, su final señaló el regreso de muchos salvadoreños incluyendo aquellos que se habían vinculado directamente a las pandillas en el sur de California. Al regreso se encontraron con un país en ruinas y sin capacidades institucionales, escenario ideal para que la delincuencia se adueñara del control de la seguridad. El pleito entre pandillas por el control de la renta es el escenario para el surgimiento de Bukele.

Nayim Bukele es un caso interesante dentro de la fauna política de nuestros tiempos. Inició en la izquierda y pronto mostró su pragmatismo, reflejando la poca claridad que tiene el electorado con los compromisos ideológicos.

Bukele entendió con puntualidad el descrédito de la clase política tradicional en El Salvador y pronto hizo su bandera de la corrupción, impunidad y la debilidad de las instituciones, particularmente las de impartición de justicia.

Para ascender al poder, denunció la ineficiencia y opacidad de los partidos políticos tradicionales, lo que le generó una presencia creciente entre el electorado asqueado de políticos corruptos y demagogos. Hoy se le considera de extrema derecha por sus actitudes contra los derechos humanos de los delincuentes.

Sin embargo, lo que cuenta para la gente son los resultados. Antes de Bukele, el país estaba asediado por las pandillas quienes tenían el control absoluto de las actividades económicas a través de la extorsión y el cobro de piso.

En un escenario de extracción de renta a través de la delincuencia, la actividad económica se reduce sistemáticamente, la misma inversión se detiene y como consecuencia aumenta la pobreza y la desigualdad.

La extorsión destruía la base productiva en El Salvador cómo lo hace en todos aquellos países donde se práctica y se tolera.

La consecuencia es el deterioro en el nivel de vida de toda la población.

El reclutamiento forzado de jóvenes, secuestro y otros delitos, llevó a El Salvador a tener las tasas de homicidios más altas del mundo. Al inicio de su gestión, Bukele presentó el Programa Control Territorial que en una primera fase se centró en atacar las finanzas de las pandillas. Donde duele a la delincuencia es en el dinero.

Al mismo tiempo implementó un sistema para aislar a los pandilleros encarcelados de las penitenciarias desde donde seguían dirigiendo sus actividades criminales. Limitó las visitas, confinó a los reos en sus celdas, cerró algunas cárceles, bloqueó llamadas desde dentro y reubicó reos.

Para tal efecto se declaró un estado de emergencia que le permitiera hacerlo, arrestando masivamente delincuentes y llevándolos a reclusión.

Se necesitan arrestos para enfrentar este problema y lo hizo incrementando sustantivamente el número de policías, bien pagados. 

No se acepta institucionalmente, pero hubo toque de queda en diferentes momentos.

Los puristas constitucionales reprochan. La gente en el barrio, la colonia, el empresario, transportista o asalariado, lo agradecen. Es el viejo dilema entre el derecho y la justicia.

Al mismo tiempo lanzó un programa de apoyo social para jóvenes y pobres iniciando por las comunidades afectadas por la violencia.

Después le metió dinero a las instituciones de seguridad para modernizar la logística, los equipos, la capacitación y salarios. Con esta decisión impulsaron arrancarles las pandillas territorios que tenían absolutamente controlados. El aumento de elementos de las fuerzas armadas es decisivo.

Lo es también la participación de los diferentes sectores sociales. La recuperación del espacio público, antes controlado por la delincuencia va acompañado de una mejora sustantiva en la infraestructura. Aeropuertos, puertos y carreteras en envidiable crecimiento para cualquier país.

La reducción en los homicidios y la delincuencia es ejemplar.  Hoy El Salvador es considerado el país más seguro de Centroamérica. El resumen se encuentra en el Centro de Confinamiento del Terrorismo CECOT con capacidad para 40 mil reclusos.

Se le cuestiona por sus métodos, pero jamás por los resultados. Sigue la fase de mejorar salarios y aumentar el bienestar.  En el fondo, los salvadoreños sienten que hoy están mejor. Tienen seguridad, un bien demasiado valioso como para despreciarlo.

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