Jaime Darío Oseguera Méndez
La Copa Mundial de Futbol puede ser un evento que agrade o no a la mayoría de la población pero es un acontecimiento fundamental en la cultura global de nuestros días.
El futbol forma parte del núcleo central de la cotidianeidad en muchos países. Se le atribuye esa penetración al ser una actividad popular que se desarrolla en la calle, de manera libre y sin la mayor necesidad de arreos costosos; austeramente sólo se requiere una pelota y dos piedras.
La esencia lúdica del deporte se mantiene intacta, porque seguramente los chicos de las colonias hoy se siguen emocionando jugando en las banquetas, en el campo, la escuela o en las casas pero el efecto de la Copa Mundial del deporte más practicado va más allá.
Primero es el gran negocio de la FIFA y los representantes que tiene en cada país. El futbol que se ha promovido y presumido como el deporte popular por excelencia, está convertido en la empresa deportiva más lucrativa del planeta.
El juego se separó del espectáculo y hoy la Copa del Mundo, si bien representa al deporte a nivel mundial, es el mecanismo de explotación comercial por excelencia de los medios masivos, poderosos caballeros.
Hay analistas que han hablado de la era del “post futbol”, donde el deporte pasa a ser un asunto accesorio, porque la televisión y los medios se apoderan del espectáculo y lo que cuenta no es el juego colectivo, sino el lucro comercial.
El jugador se transforma en una empresa más que una pieza del conjunto. La venta de camisetas por ejemplo, hoy es un fin en sí mismo. Un negocio global que está mediatizado e impulsado por los jugadores más populares quienes a su vez, producto de este consumo mundial, globalizado, reciben cifras multimillonarias por jugar o tal vez sea mejor decir, por aparecer en el espectáculo de la pasarela moderna.
Puede ser un análisis extremo, pero real. Hoy son más importantes los jugadores que el equipo. De ser un deporte colectivo, se convirtió en individual y el seguimiento mediático es hacia las grandes figuras. Siempre hubo líderes, pero hoy tenemos estrellas del juego, que trascienden el ámbito futbolístico y se convierten en divos, modelos de un juego que no es deporte sino espectáculo.
El consumismo en su máximo esplendor. Messi por ejemplo, más que un jugador es una franquicia. Pero si ellos, los jugadores, ganan cifras estratosféricas, lo cual debería ser bien aceptado porque son los que juegan, en contraparte los dueños de la pelota, los de pantalón largo ganan millones más.
Es un fenómeno de masas pero con un alto componente elitista. La entrada a los estadios es absolutamente prohibitiva, imposible para las clases populares que solían ser las destinatarias del circo. Hoy no hay pan ni circo.
Más allá de estos datos, la Copa Mundial parece haber apaciguado temporalmente las hostilidades de los conflictos bélicos en el mundo. La pax mundialista.
Al Presidente Trump le vino de perlas el evento que convoca a millones de espectadores en Estados Unidos y seguramente tendrá una derrama económica impresionante.
La imagen de un país que recibe amigablemente extranjeros, turistas para el mundial, contrasta con la persecución que hace ICE a miles de mexicanos en las ciudades con influencia latina de los Estados Unidos. De alguna manera sirve al gobierno de los Estados Unidos para lavarse la cara, en esta persecución contra los migrantes que sigue causando estragos a miles de familias latinas. Ojalá que la Copa del Mundo no nos haga olvidar este terrible momento para la comunidad latina.
Pero lo verdaderamente relevante de la Pax Mundialista es el anuncio de un eventual acuerdo de paz para acabar con la guerra entre Irán e Israel, mediante el cual se acordaría un cese al fugo inmediato sobre los frentes de guerra, incluido Líbano y el compromiso de Irán de no desarrollar un programa de armas tendiente a producir una bomba nuclear.
Es cierto que no tiene nada que ver la Copa Mundial pero sirve para distraer la atención del gran público en todos los países. No dudo que los Iraníes también estén siguiendo sus jugadores a quienes el gobierno de Estados Unidos obligó arbitrariamente a salir del país después de cada juego. Terminando sus juegos del mundial, los Iraníes regresan a pernoctar a México.
El eventual acuerdo también dispone la apertura del Estrecho de Ormuz, vital para la reactivación del comercio global, causante del aumento en el precio de los energéticos, el encarecimiento general de varias cadenas de producción y la preocupación por la inflación en el mundo.
También incluye el final del bloqueo naval de los Estados Unidos en todos los puertos de Irán y el levantamiento de las sanciones internacionales que se le impusieron
Al menos las noticias no se centran en los conflictos. Nadie duda que la hambruna siga acechando al pueblo palestino y que las desgracias de la guerra en Ucrania se mantengan al nivel de genocidio, aunque la televisión del mundo esté más ocupada en la Copa del Mundo.
La televisión es en todo caso la ganadora. La transmisión de los derechos del mundial alcanza cifras ofensivas, estratosféricas. La FIFA ha dicho que recaudó 3,800 millones de dólares por la venta de las transmisiones. La consecuencia es que el ciudadano normal, de a pie, el que no tiene acceso a plataformas de streaming, no podrá ver todos los partidos. Ha sido desde hace varios eventos una transmisión elitista.
De lo mismo se quejan los dueños de establecimientos públicos quienes tienen que pagar para acceder a los eventos. Deporte elitista que vuelve inaccesible el acceso a los estadios y a las transmisiones. Poderoso caballero don dinero.
Donde no hay pax mundialista es en las protestas de maestros y campesinos, madres buscadoras que han exhibido su inconformidad con las decisiones del gobierno. Cada uno tiene su argumento y aunque cada quien asume su responsabilidad, no parecen estar convencidos de una pax duradera.



