Mientras el Ayuntamiento de Morelia rechazó gastar 8 millones de pesos en la transmisión del Mundial por considerarlo un gasto «excesivo», el gobierno de Alfredo Ramírez Bedolla decidió que en Michoacán sí hay dinero para la fiesta. Bajo la estrategia «Jalo Futbolero» y el Festival Michoacán de Origen, el estado transmitirá 50 partidos en el Ceconexpo y armará conciertos gratuitos. Sin embargo, detrás del entretenimiento se esconde la eterna política del «pan y circo» y una total opacidad en las cuentas.
Si al municipio le cobraban 8 millones por unos partidos, la licencia masiva del Estado más la logística de pantallas gigantes, audio y DJs durante 39 días, cuesta una fortuna que el gobierno mantiene bajo llave.
Al fusionar el fútbol con el Festival de Origen, la administración encontró el escondite perfecto para licuar los presupuestos y camuflar las facturas de los proveedores.
Además, este año cambiaron la jugada: los conciertos estelares como el de Jesse & Joy, ya no serán en los jardines del Ceconexpo, sino en el Palacio del Arte. Llevar eventos «gratuitos» a un recinto cerrado abre la puerta al control discrecional del boletaje. ¿Será para el pueblo o para unos cuantos invitados?
Mientras tanto en el interior del estado, ejecutados y hospitales sin medicinas: La realidad que no tapan los goles, el argumento oficial será el de «fomentar la sana convivencia», pero la realidad en Michoacán no se puede tapar con fútbol. Hace unos días, la nota roja volvió a sacudir al estado con ejecuciones de presuntos integrantes de Los Templarios y del CJNG. Ante el terror, la respuesta de la autoridad estatal es la misma justificación indolente de siempre: «se están matando entre ellos».
Mientras el gobierno gasta millones en derechos de la FIFA, el sistema de salud está en terapia intensiva. El desabasto de medicamentos ya no es exclusivo de zonas rurales; se padece a diario en los propios hospitales de Morelia, donde los familiares tienen que comprar desde gasas hasta tratamientos porque el gobierno «no tiene claves».
El balón rodará y la música sonará, pero al apagarse las pantallas, los michoacanos seguiremos con los mismos muertos, los mismos hospitales vacíos y muchos millones de pesos menos en las arcas públicas.




