El rechazo de la Cámara de Diputados a la reforma electoral presentada por el gobierno federal, se ha convertido en un fuerte revés para la presidenta Claudia Sheinbaum.
En términos generales, en los últimos años las reformas políticas siempre fueron consensadas y se aprobaban al final del camino casi por unanimidad entre el gobierno y la oposición. Esa era la naturaleza de las modificaciones, ya fueran constitucionales o legales.
Por su propia naturaleza, el debate sobre las reglas para ganar el poder, siempre eran propuestas por la oposición, pensando en quitarle paulatinamente al gobierno sus capacidades para seguir en el gobierno.
Hemos dicho hasta el cansancio que en los estados modernos no hay mayorías indestructibles ni partidos invencibles. En todo el mundo los grandes partidos gobernantes perdieron su poder con la transición demográfica y las nuevas tecnologías.
Los jóvenes y el internet finalmente generan escenarios de alternancia. Los partidos políticos difícilmente permanecen por varias elecciones sucesivas; la pluralidad de las sociedades llama al cambio de gobiernos.
Por su parte los gobiernos son castigados en general ante la falta de resultados o las altas expectativas que generan cuando llegan al poder.
En cualquier caso, se impone la necesidad de la construcción de coaliciones gobernantes que le permitan a los partidos mayoritarios obtener el respaldo suficiente para impulsar sus reformas e imponer sus presupuestos. Es natural que, en las democracias modernas, las coaliciones gobernantes se construyan en el parlamento.
La reforma presentada y rechazada ayer por la Cámara de los Diputados, necesitaba la mayoría calificada de los diputados 334, es decir dos terceras partes de los 500 diputados y al no contar con el respaldo de PT y Verde fue desechada.
Es un fracaso del equipo que preparó la iniciativa. Finalmente, los famosos foros de discusión que se hicieron en algunos lugares, terminaron siendo únicamente testimoniales. Es una tendencia a la simulación eso de hacer consultas que no son tomadas en cuenta; puede resultar costoso, porque se pierde credibilidad.
La realidad, y hay que decirlo con esa claridad, es que se tiene que negociar con las cúpulas partidistas quienes, al verse afectados por la iniciativa simplemente no quisieron apoyarla.
Si algo se le tiene que reconocer a la iniciativa, es que Morena la hizo transitar a pesar de la negativa de sus aliados. La teoría dice que no se hace una reforma cuando se tiene el poder. Tampoco parece antojable lanzar iniciativas que pongan en riesgo las alianzas triunfantes.
Sobre esto puede haber dos explicaciones posibles. La primera es que Morena sienta la confianza suficiente para ganar aún sin sus aliados.
Y la segunda es que las reformas legales que seguirán en los siguientes días, en realidad estén orientadas a debilitar directamente a los órganos electorales, sin afectar de fondo a las cúpulas partidistas. De esa manera sería también una simulación haber presentado la reforma constitucional, sabiendo que sería rechazada y con la claridad de que, en el Plan B, en las reformas legales, se pueden implementar una buena parte de las decisiones que ayer no pasaron en el Congreso.
Habrá un llamado Plan B que significa, una batería de reformas legales en materia electoral. No pasa nada para el gobierno, si a final de cuentas se impondrá una decisión para limitar la autonomía financiera de los órganos electorales.
De todo esto se plantean nuevos escenarios previo a la elección federal. El primero, poco probable, es que la coalición gobernante se deshaga. Que Morena vaya sin aliados a ganar la elección, en la expectativa de que sus encuestan muestran que puede obtener la mayoría por su propio peso.
Hay voces al interior del partido gobernante que así lo establecen. No tienen necesidad de darle tantas posiciones al PT y el Verde, quienes, por su cuenta, compitiendo de manera independiente, no tienen la capacidad de ganar distritos electorales. En la gran mayoría del país son testimoniales y aunque pueden aumentar su nivel de votación como lo han hecho, no tienen el nivel de votación suficiente para ganar sin Morena.
De mantenerse la alianza electoral entre Morena, PT y Verde, esta situación dispondría una reducción de los candidatos externos a Morena en la coalición.
Este escenario nos lleva a la posibilidad de que PT y Verde busquen el Plan B de sus alianzas y ya sea que se coaliguen para tener candidatos comunes o cada uno busque sus propias alianzas con otros partidos.
Los partidos de oposición festinan el exabrupto legislativo del gobierno, suponiendo que se debilita Morena, lo cual es una lectura equivocada. Si bien no hay partidos y mayorías eternas, los partidos de oposición no están haciendo lo necesario internamente para revitalizarse y tener al menos cierta posibilidad de recuperarse electoralmente.
Los fracasos de Morena no significan el mejor posicionamiento de sus contrincantes.
Bien hubiera venido una reforma que obligue a los partidos a competir alternadamente por su cuenta, sin coaliciones. Así tendríamos a todos los partidos en la obligación de medir sus verdaderos alcances electorales.
Si siempre compiten en coalición, es muy evidente que no sabemos su verdadero peso político.
Vendrá un Plan B y esperamos que se sostenga la idea de cambiar el sistema de representación proporcional. Hay que quitarle el control de las pluris a las élites partidistas. Esa será la gran contribución de Sheinbaum y no deberían cejar en el empeño.
Al final después de tantas discusiones, al parecer las élites tomarán un café, fumarán la pipa de la paz y volverán al show. Así funciona en las democracias modernas. Nadie tiene la batuta de todas las decisiones y está bien.
Lo único lamentable es que, con este resultado, los partidos bisagra, quienes se distinguen por su mercenarismo, terminan fortalecidos, siendo asediados porque con sus pequeños porcentajes, resultan relevantes en las grandes decisiones.



