La reforma electoral es una trampa, discutirla, es legitimar el autoritarismo de la presidente.
Cito en el título de esta columna a Jesús Reyes Heroles, secretario de Gobernación en el sexenio de López Portillo y artífice de la primera reforma electoral de las muchas que nos llevaron a la democratización de México. Lo que Don Jesús expresaba con esta frase es que el proceso es tan importante como el resultado y que los procedimientos no son un adorno, que a través de ellos se contruye legitimidad y gobernabilidad. Asì que no es casualidad citar al arquitecto de la primera reforma electoral de la transición democrática para reflexionar sobre la primera reforma electoral de la regresión autoritaria.
En el 2024, aun antes del fraude y las maniobras que le dieron a la 4T la mayoría calificada que no ganó en las urnas, la oposición y los actores institucionales como la SCJN o los integrantes de los órganos autónomos como el INAI, cayeron en una trampa de López Obrador y dijeron, con su pecho sano, una verdad de perogrullo, candorosa e intracendente: sí se necesitan reformas porque hay muchas cosas que mejorar. Por la boca muere el pez y lo demás es historia.
Sí, es cierto que no hay orden institucional que no pueda ser mejorado, pero los procesos de reforma son más que un grupo de supuestos expertos plasmando recetas y diseños institucionales novedosos. Las instituciones son arreglos políticos, son los marcos de referencia de la acción pública y los límites del poder, es decir es lo más valioso de una arquitectura constitucional democrática, la garantía y el manual de instrucciones, todo al mismo tiempo. Así que si se va a modificar, el proceso político es tan importante como el contenido. La forma es fondo.
La presidente Sheinbaum nos describe su reforma como la invención del agua tibia. ¿Acaso cree que a nadie se le ha ocurrido reducir el Senado, asignar las diputaciones de otra manera y recortar el financiamiento público a los partidos? El problema no es la imaginación o la capacidad técnica de proponer, y para muestra, los ilusos que dicen que el problema de la reforma es que se queda corta, y se encarreran con sus propias fantasías. Tratándose de una reforma a la columna vertebral de la democracia, el contenido es secundario, en tiempo y en prioridad, porque lo primero es un acuerdo político entre quienes están en el poder y quienes están en la oposición.
La receta funcionó a lo largo de casi 40 años y posibilitó nuestra larga y compleja transición democrática. Primero se dialoga, se trazan los principios y los fines, después se les da forma legislativa. Hoy el camino se recorre al contrario: la presidenta construye en secreto una iniciativa que se ajusta a su estrategia electoral y política de corto plazo, que no tiene otro objetivo que consolidar su poder, la argumenta con sofismas democráticos y extorsiona a los actores políticos para aprobarla.
Por eso, discutir el contenido y las falacias oficiales que lo defienden, es una trampa. Si la presidenta quiere una reforma política, que empiece por dialogar con sus opositores, que entienda que el que sean minoria no es pretexto para ignorarlos y que tome una lección de democracia del más improbable maestro, el PRI omnipotente del siglo XX, que con mayorías más abrumadoras que la suya, se sentó hace 50 años con una oposición más incipinte y testimonial que la actual, para diseñar un México más democrático y más libre, el que les permitió, a ella y a su mentor, cruzarse la banda presidencial.




