Cosas de la globalización. Hace unos días le empresa General Motors anunció el despido de 1,900 trabajadores de su planta de producción de vehículos en Ciudad Acuña, Coahuila.
La frontera de México se volvió un polo de atracción de inversiones en plantas automotrices desde hace muchos años, en el proyecto maquilador que desde el liberalismo económico se diseñó pensando que los tres países del TLC se beneficiarían de las ventajas comparativas y competitivas de la zona.
Desde entonces, cuando inició su vigencia el TLC en 1994, el sector automotriz experimentó un aumento significativo en la producción, salarios y ganacias para las empresas. Bien podríamos decir que la producción de carros ha sido un directo beneficiario de los acuerdos del libre comercio.
El despido de casi dos mil trabajadores que preocupa en la región, sucede apenas unos días después de que la propia empresa General Motors habría anunciado una inversión superior a los 2,000 millones de dólares para mejorar las capacidades productivas de su planta en Coahuila.
La industria automotriz ha sido uno de los motores del crecimiento de la economía en México durante los últimos años. Es el claro ejemplo de cómo el Tratado de Libre Comercio ha beneficiado a la región, no sólo a nuestro país.
También ha generado riqueza para los Estados Unidos, beneficios para sus consumidores y, por supuesto, estaciones de trabajo en México, Estados Unidos y Canadá. El recorte anunciado obedece en buena parte a la dinámica del comercio internacional, que recientemente se ha generado a partir de las disposiciones impuestas por Donald Trump.
Por un lado, la amenaza a las empresas estadounidenses para cobrar más aranceles en la venta de los productos que lleguen importados de otros países a Estados Unidos.
Este ejercicio proteccionista le ha resultado sumamente productivo a Trump en términos electorales, porque es claro que entre las asociaciones de trabajadores y sindicatos estadounidenses existe desde hace muchos años esta sensación de que sus plazas de trabajo se están trasladando a otros países donde el salario es mucho menor y las condiciones laborales no necesariamente son tan restrictivas o exigentes.
Hay que decir que esta situación no necesariamente es cierta para la industria automotriz, pues las propias empresas automotrices estandarizan una serie de condiciones de producción, tanto salariales como laborales, similares a las de las plantas que tienen sus plantas fuera de Estados Unidos, justamente porque las leyes así se los demandan.
Lo cierto es que Donald Trump manifestó en su campaña ante los empresarios de su país que su interés era que regresaran esas plantas a Estados Unidos y que las inversiones o reinversiones que ellos mismos hicieran para aumentar su capacidad productiva, serían consideradas en términos de beneficios fiscales.
Esos beneficios ya se están aplicando y entre los dueños de las empresas provocan entusiasmo, obligándolos a recapacitar en sus decisiones de inversión y reinversión fuera de los Estados Unidos. En ese sentido de Donald Trump ha tenido un acierto que difícilmente se le puede discutir.
El consumidor local, lo que quiere es tener productos más baratos; el trabajador mejores salarios. En todo caso, cualquiera que sea el resultado final de estas políticas, con el simple hecho de que formen parte de un programa electoral que se vende para beneficio de las clases medias y los consumidores en Estados Unidos, siempre resulta atractivo para quien los impulsa, en este caso el presidente Trump.
El hecho real es que la industria automotriz sí ha sido sensible a estas manifestaciones. En varios lugares del mundo, particularmente en México, no sólo se han dejado de consolidar las inversiones nuevas, sino que las plantas están decidiendo llevarse su reinversión a Estados Unidos. O al menos esperan que termine Trump.
Existe otro elemento importante a considerar: el aumento sustantivo de la demanda de carros eléctricos e híbridos en el mundo. Este aumento en la demanda de eléctricos trae aparejada una disminución, casi en la misma proporción, de la demanda de vehículos tradicionales de gasolina. Es parte de la crisis de las empresas.
Es un hecho notorio que hoy se producen ya menos vehículos de gasolina que en años anteriores, lo cual obliga en términos productivos a las plantas a una reingeniería, no sólo en el contexto de la adquisición de sus insumos, sino a la introducción de tecnología y procesos, diferentes e innovación, así como a recortes de los costos salariales. Estos tres elementos, insumos, tecnología y salarios, forman parte fundamental de la carga económica en la producción de las empresas y a final de cuentas tienden a mejorar sus niveles de utilidad que es es el indicador más importante para dueños e inversionistas.
El futuro nos llegó con los carros eléctricos, que si bien es cierto no son nuevos, hoy están distribuyéndose de manera masiva a partir de la introducción de las marcas chinas en México y todo el mundo. Los chinos han manifestado su estrategia de posicionarse como los principales vendedores de autos en el mundo; y lo están haciendo.
Hay proyecciones apuntando a que lo van a lograr en los próximos cinco o diez años; es decir, dejarán atrás a las marcas tradicionales de la industria automotriz, que fueron los que surtieron durante todo un siglo a la industria. Esas empresas históricas, tendrán que reconsiderar no sólo su tamaño sino su ubicación, sus costos y su producción. Eso es algo de lo que está sucediendo en Ramos Arispe.
Nos llegó la antiglobalización. Parece un tema sencillo, pero hay que enfrentarlo con serenidad, porque lo siguiente puede ser que cierren el mercado a la agricultura. Y ahí si nos pegan donde nos duele en Michoacán.




