El custodio del saber
La historia de Francisco Xavier Clavijero no habla de un fantasma común que busque asustar, sino de una presencia intelectual que quedó arraigada en las paredes del antiguo colegio. Quienes se quedan a solas en el piso superior, cerca de las áreas de la biblioteca y el archivo, cuentan que la temperatura baja de golpe y se siente una mirada firme a las espaldas. La leyenda urbana dice que la devoción de Clavijero por la enseñanza y el conocimiento fue tan grande que, tras su exilio forzado a Italia, su energía o su alma regresó a recorrer los salones. Hay quienes juran que en el silencio absoluto de la madrugada se escucha el murmullo tenue de alguien leyendo y el paso constante de las páginas de un libro que nadie está tocando.
El eco de las sotanas
Esa sensación de que el pasado sigue habitando el edificio cobra sentido al recordar el año de 1767, cuando las tropas reales irrumpieron para expulsar a los jesuitas de su hogar.
Los veladores conocen bien esa historia qué hay detrás de lo que ocurre cuando el Palacio Clavijero queda a oscuras: en los arcos del patio principal se llegan a ver siluetas oscuras avanzando en hilera, y quien atestigua el momento escucha con nitidez el roce pesado de las sotanas arrastrándose contra el piso y el caminar de las sandalias sobre la cantera, como si los religiosos continuaran marchando atrapados en la misma noche en que los sacaron.
Los fantasmas del presidio
Años más tarde, cuando el antiguo colegio jesuita se convirtió en prisión, el sufrimiento de los reos dejó otra marca imborrable en las crujías del nivel inferior.
Quienes han tenido que recorrer esos pasillos a oscuras aseguran que el ambiente se vuelve denso y que, entre las sombras de los rincones, todavía flotan los lamentos ahogados y el eco metálico de cadenas que recuerdan el oscuro pasado carcelario del recinto.



