Dra. Miroslava Ramírez Sánchez
En la adolescencia contemporánea suelo escuchar frases como: “todos tienen algo que yo no”, “mi vida es aburrida comparada con la de mis amigos”, “me veo horrible al lado de ellos”.
Cuando pregunto qué están mirando cuando sienten eso, la respuesta casi siempre es la misma: el celular, minutos antes. Ahí está la trampa: un adolescente compara su detrás de cámaras —el cuerpo recién levantado, el cuarto desordenado, el día sin planes— con el mejor momento editado de alguien más. No es una comparación justa, pero el cerebro no lo distingue automáticamente, solo registra la carencia. No es casualidad, ni fragilidad de carácter: es, en buena medida, el efecto acumulado de horas de scroll sin pausa donde nuestros jóvenes observan y siguen a decenas de creadores de contenido de forma aspiracional.
Como psicóloga, y con la literatura reciente sobre el tema, esto tiene nombre: comparación social ascendente, es decir, medirse con alguien que se percibe “mejor” en algún aspecto —más popular, más delgado, con más vida social, con miles de seguidores, con aparentes ingresos descomunales, con una vida cómoda y despreocupada—.
Entre más tiempo pasa un adolescente scrolleando sin pausa, más terreno le da a esa comparación para instalarse como verdad. No es que las redes sociales “hagan daño” de forma directa, es que, usadas sin límite, se convierten en un espejo constante y desproporcionado, uno que solo devuelve los mejores ángulos de los demás.
Ese espejo desproporcionado tiene un costo emocional: distintos estudios asocian la comparación social ascendente frecuente con mayor insatisfacción corporal, síntomas de ansiedad y baja en la autoestima, sobre todo en la adolescencia, etapa en la que la identidad todavía se está construyendo y depende, más que en ninguna otra, de la mirada de los pares.
La buena noticia es que esto se puede trabajar. Lo que ayuda no es prohibir las redes —eso casi nunca funciona y suele generar más secretismo que protección—, sino ayudar al adolescente a nombrar cuándo ese espejo se volvió cruel y por qué. Y eso requiere una conversación que muchos padres no saben cómo abrir sin que se sienta como regaño.
Aquí les comparto algunas recomendaciones prácticas para abrir esa conversación sin que se sienta como un interrogatorio:
Pregunta por la sensación, no por el contenido. En lugar de “qué estabas viendo”, prueba con “cómo te sientes después de estar un rato en el celular”; abre la puerta para que tu hijo adolescente identifique el efecto, no solo el estímulo.
Nombra el mecanismo, no solo la emoción. Explicarle qué es la comparación social ascendente le da un nombre a lo que siente; lo que tiene nombre se puede cuestionar, lo que no, se vive como verdad absoluta.
Comparte tus propias comparaciones. Contar un momento en que tú también te sentiste “menos” frente a una publicación normaliza el tema y baja la guardia mucho más que cualquier sermón.
Revisen juntos, no a escondidas. Pedirle que te muestre una cuenta que lo hace sentir mal —en lugar de revisar su celular sin avisar— convierte la red social en un tema conjunto, no en un campo de batalla.
Prioricen encuentros sin pantalla entre pares. El tiempo cara a cara con amigos amortigua el efecto del scroll, porque devuelve al adolescente a vínculos reales, sin editar y sin filtro.
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