Es infantil ponerse a favor de Maduro o de Trump cuando la realidad es mucho más complicada.
No puedo negar que la detención de Nicolás Maduro a manos del ejército norteamericano me genera sentimientos encontrados. La caída de un dictador que ha asesinado y torturado a miles y que ha empobrecido y desplazado a millones, que ha esparcido el odio ideológico por el continente me alegra y me da esperanza. La renovación del peor imperialismo yanqui en violación de sus propias leyes y del Derecho Internacional me asusta y me enoja. Lo que desempata a favor del optimismo es ver a los hermanos venezolanos bailar en la calle.
Después de 25 años de dictadura ver que arrestan al tirano es un motivo de alegría indiscutible. Nos lo han dicho con toda razón los venezolanos: si no padeciste la dictadura, no vengas a defenderla. Claro que el trumpismo imperial revive en la memoria Bahía de Cochinos, La Moneda y un largo etcétera, pero de ahí, a salir a pedir la libertad del gorila, hay un abismo.
La izquierda mexicana, en particular, resulta penosa gritando consignas que ignoran que cayeron el Muro de Berlín y las Torres Gemelas y que hoy se reconfigura nuevamente el orden mundial, y que, si nunca hemos estado libres de imperialistas transnacionales ni de dictadores bananeros, mucho ha cambiado el mundo como para pensar que prenderle incienso a Fidel y al Che (otros asesinos) es una respuesta para algo en el siglo XXI, más bien, raya en el ridículo.
Si nos hemos de poner realistas yo espero tres cosas:
La primera es que los norteamericanos terminen el trabajo y encaminen una transición democrática en Venezuela, al margen de que sabemos que van a robar (Galeano dixit). Que su imperialismo deje, al menos, un país libre para que reconstruya su prosperidad y su democracia.
La segunda es que espero que las fuerzas democráticas que existen en los Estados Unidos llamen a cuentas a Trump por sus transgresiones y excesos. Que este abuso mayúsculo sea punto de inflexión en la defensa de la democracia más antigua y exitosa de Occidente, para que vuelva a ser la “ciudad en la colina” de los padres fundadores.
La tercera, y para mí la más importante, es que el gobierno de México entienda las nuevas circunstancias: los norteamericanos han definido el control hemisférico y la lucha contra las drogas como prioridades. Caer en la tentación del discurso nacionalista y de izquierda trasnochada es incompatible con el interés nacional. Urge la reconstrucción de la colaboración en materia de lucha contra el narcotráfico, que López Obrador destruyó; y tenemos frente a nosotros la revisión del T-MEC, que es la pieza fundamental de la economía mexicana. Eso es lo que importa.
Trump está diciendo literalmente que en México gobiernan los cárteles y que hará algo al respecto. Para evitar una intervención gringa unilateral – e ilegal, pero no por ello menos real – en territorio mexicano, la respuesta no es la retórica castrista del siglo XX, sino actuar efectivamente contra la delincuencia organizada, particularmente contra su brazo político que se ha apoderado de importantes espacios de poder, corrompiendo hasta la médula al Estado. Más vale entenderlo y actuar en consecuencia, porque la alternativa, ya lo vemos, es terrible.




