La Catedral de Morelia, uno de los monumentos arquitectónicos e históricos más emblemáticos de Michoacán, guarda entre sus imponentes muros e historia no solo la fe de miles de personas, sino también relatos que han perdurado en la memoria colectiva a lo largo de los siglos. Entre todos ellos, la historia del tesoro oculto en sus subterráneos sigue atrapando la curiosidad de locales y visitantes.
En los tiempos de la antigua Valladolid existía una habitación secreta en las entrañas del templo donde se resguardaba una inmensa riqueza: cálices de oro, candelabros de plata, joyas de incalculable valor y los cofres con las limosnas reunidas con devoción por el pueblo creente.
Se cuenta que una banda de ladrones logró descubrir los accesos a la red de túneles subterráneos que cruzan el centro histórico. Durante varias noches, los saqueadores ingresaron en secreto para sustraer parte del botín sin levantar sospechas.
Sin embargo, el destino de los maleantes dio un giro trágico la noche en que intentaron llevarse la parte principal del tesoro, incluyendo las limosnas de la comunidad. En el momento en que se disponían a huir con las riquezas por los oscuros pasadizos, una voz divina resonó con fuerza en las profundidades de la tierra.
La vibración de la advertencia provocó un colapso en la estructura subterránea, derrumbando los techos de piedra sobre los saqueadores. La banda y el sagrado botín quedaron sepultados para siempre bajo los cimientos de la ciudad.
Desde entonces, se dice que el tesoro permanece intacto bajo la tierra y que, en las noches más silenciosas, aún es posible escuchar lejanos ecos y lamentos bajo el suelo del primer cuadro de la ciudad.



