¿Está cambiando nuestra forma de ser inteligentes?

Hace unos días me encontré en redes sociales con una afirmación inquietante: “Los adolescentes con alto tiempo de pantalla están desarrollando los mismos marcadores cerebrales que pacientes en etapas tempranas de Alzheimer”.

La publicación tenía decenas de miles de “me gusta” y había sido compartida más de cien mil veces, era difícil no detenerse, y también era demasiado grave como para compartirla sin detenerse un poco más.

Busqué el estudio y aquí apareció el primer problema.

No encontré evidencia científica que permita afirmar que los adolescentes estén desarrollando los mismos marcadores cerebrales que personas con Alzheimer temprano por utilizar demasiado las pantallas.

Sí existen investigaciones que han encontrado asociaciones entre un uso elevado de pantallas y determinadas dificultades cognitivas. Incluso hay un estudio cuyos autores tenían afiliaciones con Harvard Medical School, Massachusetts General Hospital y McLean Hospital, que probablemente sea una de las piezas que, después de circular y recircular por internet, terminó convertida en “un estudio de Harvard descubrió que las pantallas producen en los adolescentes cambios similares al Alzheimer”.

Pero el estudio no dice eso, no habla de Alzheimer, no demuestra neurodegeneración, y tampoco establece que las pantallas estén destruyendo el cerebro de los adolescentes.

Lo que encontré fue una asociación entre un uso excesivo de pantallas y una mayor probabilidad de reportar dificultades para concentrarse, recordar o tomar decisiones.

Y la diferencia importa muchísimo, porque una preocupación legítima puede terminar convertida en desinformación simplemente por exagerarla hasta hacerla irreconocible.

Sin embargo, mientras buscaba de dónde había salido aquella afirmación, terminé encontrándome con una pregunta bastante más interesante que el propio reel.

A lo largo de buena parte del siglo XX, investigadores comenzaron a observar un fenómeno curioso.

Generación tras generación, las personas obtenían mejores puntuaciones en determinadas pruebas de inteligencia, no un poquito, de hecho en algunos lugares el incremento acumulado llegó a ser considerable.

El fenómeno terminó recibiendo el nombre de efecto Flynn, por James Flynn, uno de los investigadores que más profundamente lo estudió.

Y aquello planteaba una pregunta fascinante: ¿Por qué nuestros abuelos obtenían, en promedio, resultados distintos a los de sus hijos y sus nietos?

La explicación no parecía estar en que el cerebro humano hubiera evolucionado genéticamente en unas cuantas décadas, epsra ese tipo de avances unas décadas no son nada, es demasiado rápido para eso.

Había cambiado el entorno, al haber mejor nutrición, más escolarización, mejores condiciones sanitarias, trabajos cada vez más complejos, mayor exposición al pensamiento abstracto.

Es decir, un mundo que, de alguna manera, exigía ejercitar determinadas capacidades cognitivas con mayor frecuencia.

Y entonces ocurrió algo todavía más interesante En algunos países, la curva dejó de subir, y después comenzó a bajar, reconociendosele como efecto Flynn inverso.

Uno de los casos más estudiados es Noruega. Investigadores analizaron datos de cientos de miles de personas y encontraron que tanto el crecimiento anterior como la posterior disminución de las puntuaciones podían observarse incluso entre integrantes de las mismas familias.

Eso es especialmente importante porque apunta hacia algo que vuelve esta historia mucho más cercana: el ambiente importa.

No significa que las nuevas generaciones sean menos inteligentes, de hecho, investigaciones posteriores han cuestionado que podamos interpretar estos descensos como una reducción general de “la inteligencia”. Las pruebas miden determinadas capacidades y esas capacidades también pueden cambiar conforme cambian la educación, la cultura y las exigencias de una sociedad.

Pero justamente ahí aparece una pregunta que me parece imposible ignorar.

Si el ambiente intelectual del siglo XX pudo contribuir a modificar las capacidades que ejercitábamos ¿qué está haciendo con nosotros el ambiente intelectual del siglo XXI?

Y es qje el ambiente cambió de una manera extraordinaria. Nunca habíamos tenido tanto conocimiento disponible.

Hoy una persona con un teléfono puede acceder a una cantidad de información que habría sido inimaginable para prácticamente cualquier generación anterior, teniendo a mano bibliotecas, cursos, mapas, idiomas, museos investigaciones científicas, periódicos de todo el mundo y ahora, además, inteligencia artificial.

Puedo encontrar una palabra que no conozco en segundos, puedo pedir que me expliquen un concepto diez veces hasta entenderlo, puedo traducir un documento, comparar dos argumentos, aprender programación, estudiar historia, conversar sobre física, acceder a una especie de tutor disponible a cualquier hora.

Por lo que, sería bastante absurdo mirar todo eso y concluir simplemente que la tecnología nos está volviendo menos inteligentes, cuando puede ser una extraordinaria ampliación de nuestras capacidades.

Pero nuestro nuevo ambiente intelectual tiene otra característica, cada vez necesitamos hacer menos cosas por nosotros mismos.

Ya casi no memorizamos números telefónicos, no necesitamos recordar cómo llegar a un lugar, no necesitamos saber dónde estaba determinada información, ni siquiera necesitamos necesariamente buscarla.

Y ahora podemos pedirle a una inteligencia artificial que resuma, redacte, compare, calcule, organice, recuerde e incluso construya argumentos por nosotros.

Eso tampoco significa que nos estemos volviendo menos inteligentes, pero sí obliga a hacer una pregunta distinta: ¿qué ocurre con las capacidades que dejamos de ejercitar?

Porque una tecnología puede ampliar una capacidad humana, pero también puede sustituir su ejercicio.

Además de delegar determinadas tareas, nuestro entorno digital está modificando la manera en que distribuimos nuestra atención. Una idea compite con un mensaje, rl mensaje con una notificación, la notificación con un video el video con el siguiente.

Ahora, no necesitamos convertir esto en una guerra contra TikTok, Instagram o el teléfono, pero tampoco deberíamos ignorar algo bastante elemental: pensar también necesita tiempo.

Comprender una idea compleja requiere permanecer con ella, relacionarla con otra, equivocarnos, volver atrás, aburrirnos incluso un poco antes de entenderla.

Y nuestro ecosistema tecnológico se está volviendo extraordinariamente bueno en ofrecernos una alternativa cada vez que algo exige demasiado tiempo, demasiado esfuerzo o simplemente deja de entretenernos.

Quizá ésta sea otra capacidad que vale la pena observar, no solamente pro cuantificar cuánto sabemos, sino cuánto tiempo somos capaces de permanecer pensando en algo, con atención sostenida.

Sin embargo, eso no quiere decir que nos estemos volviendo menos inteligentes, las investigaciones hechas hasta ahora no nos permiten asumir que ello esté ocurriendo

El efecto Flynn inverso no demuestra que las redes sociales estén reduciendo nuestra inteligencia, ni que un adolescente que utiliza TikTok esté desarrollando Alzheimer.

Sería absurdo sustituir una exageración viral por otra, pero sí sabemos algo que me parece suficientemente importante: las capacidades cognitivas humanas no se desarrollan aisladas del ambiente en el que vivimos.

Y nuestro ambiente acaba de experimentar una transformación gigantesca, tenemos más conocimiento disponible que cualquier generación anterior.

Tenemos herramientas capaces de ampliar extraordinariamente nuestra capacidad para aprender, producir y resolver problemas, pero también tenemos tecnologías capaces de evitarnos parte del esfuerzo que antes necesitábamos hacer para recordar, buscar, orientarnos, escribir, calcular o sostener nuestra atención.

Por eso quizá la discusión no debería ser tecnología sí o tecnología no, ni inteligencia artificial sí o inteligencia artificial no.

Eso sería demasiado sencillo, aquí el tema interesante es qué hacemos con ellas.

Una inteligencia artificial puede escribir por mí, o puede discutir conmigo una idea hasta obligarme a pensarla mejor.

Puede resumirme un libro para que no tenga que leerlo, o ayudarme a comprender el libro que decidí leer.

Una red social puede mantenerme deslizando durante dos horas sin que recuerde casi nada de lo que vi, o poner frente a mí una idea que jamás habría encontrado dentro de mi entorno habitual.

La tecnología no solamente nos quita o nos da capacidades, también responde, en buena medida, a cómo decidimos utilizarla.

Y quizá ahí esté la parte que vale la pena cuidar, no se trata de utilizar menos tecnología por principio, ni de renunciar a la inteligencia artificial.

Se trata de utilizar ambas con suficiente conciencia como para distinguir cuándo están ampliando nuestras capacidades y cuándo simplemente están evitando que tengamos que ejercitarlas.

Porque tal vez la gran pregunta de nuestra época no sea si las máquinas serán cada vez más inteligentes. La pregunta mucho más interesante es:

¿qué clase de inteligencia humana estamos ejercitando mientras ellas lo hacen?

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