Morelia, Mich.- Buscar un lugar para estacionarse en la vía pública de Morelia se ha convertido en un ejercicio de frustración. El espacio público, que por ley pertenece a todos los ciudadanos, se encuentra hoy fragmentado y secuestrado bajo un sistema informal de franeleros que nadie parece querer regular: la «ley de la cubeta».
Botes de plástico, huacales, sillas viejas y conos se han vuelto parte del paisaje urbano cotidiano. Desde las calles del Centro Histórico hasta las zonas comerciales con mayor flujo, los particulares y los denominados «viene-viene» privatizan el pavimento a plena luz del día para controlar el estacionamiento frente a la mirada pasiva de las autoridades de tránsito.
El Reglamento de Tránsito y Vialidad es sumamente claro en su normativa: está estrictamente prohibido apartar lugares u obstruir las calles con cualquier tipo de objeto. Sin embargo, en la práctica, la ley es letra muerta.
Al no existir operativos permanentes, sanciones contundentes ni una vigilancia real que libere las vialidades de manera constante, el automovilista queda en un estado de total indefensión. Si alguien se atreve a mover una cubeta para estacionar su vehículo en la vía pública, se expone de inmediato a reclamos, agresiones verbales o a la ya conocida represalia de encontrar su automóvil con un rayón o una llanta ponchada al regresar.
La calle ya no es libre; se rige bajo las condiciones del cuidador informal en turno.
El impacto en eventos masivos
La consecuencia directa de tolerar este desorden diario y la falta de regulación es que el problema escala a niveles alarmantes cuando se presentan eventos masivos en la ciudad. Al permitirse el control informal de las cuadras de forma regular, estos grupos se consolidan como auténticas mafias organizadas.
El ejemplo más descarado ocurre en los alrededores del Estadio Morelos o del Centro Deportivo Ejército de la Revolución (Venustiano Carranza) durante partidos de fútbol o conciertos. En estos escenarios, cualquier rastro de la tradicional «cooperación voluntaria» que se ve en el día a día desaparece por completo.
Los franeleros se adueñan de banquetas, calles secundarias e incluso camellones enteros del Periférico Paseo de la República para imponer tarifas obligatorias y cobradas por en un mínimo de $200 pesos por vehículo.
El ciudadano se ve forzado a pagar un peaje excesivo e ilegal por usar el suelo público, en un negocio redondo que genera miles de pesos en la informalidad sin ningún tipo de fiscalización.
La inacción de las autoridades municipales no solo fomenta el desorden urbano, sino que afecta directamente los bolsillos de las familias morelianas y la paz pública.
Mientras los discursos oficiales sigan ignorando la invasión de las calles por parte de los viene-viene, el pavimento de Morelia seguirá teniendo dueños particulares. Es urgente que pase de los retiros temporales de botes a una estrategia de regulación y sanción real para devolverle, la calle a los ciudadanos.




