Jaime Darío Oseguera Méndez
Las consecuencias de la política proteccionista de Estados Unidos en la era Trump van a seguirse sintiendo con fuerza.
La decisión que han tomado en Estados Unidos de no renovar de momento el Tratado de Libre Comercio, ha generado una serie de reacciones adversas al intercambio comercial, lo que seguramente retrasará proyectos de inversión que habrían beneficiado a los tres países del bloque.
Estados Unidos, Canadá y México se han beneficiado enormemente del acuerdo comercial a lo largo de las tres décadas. Al oponerse a la renovación inmediata, el gobierno de Trump se juega una carta que le puede resultar contraproducente. Sus propios productores y exportadores serán los encargados de presionarlo para que cambie la decisión.
Por lo pronto Toyota ha anunciado que se lleva la producción de la pick up Tacoma hacia su planta en Texas. Hasta hoy la producían en México, en una planta de Baja California.
Este paso de una empresa tan importante en la industria automotriz afecta de manera definitiva a México y perfila un cambio dramático en el futuro de la inversión del sector.
Es claro que las grandes empresas no siempre se amedrentan por las contingencias ni toman sus decisiones con base en las coyunturas políticas pero mientras Trump siga en el poder, seguramente se detendrá o al menos podría frenar su ritmo la inversión extranjera en México.
Hace unos días se anunció que en el mes de mayo pasado, México logró su mayor cifra de exportaciones a Estados Unidos rompiendo la barrera de los 54 mil millones de dólares en un mes, llegando casi a 250 mil millones en los primeros cinco meses del año.
Tenemos un superávit comercial con Estados Unidos porque exportamos más de lo que importamos, pero ambas –compras y ventas- han tenido un aumento sostenido a lo largo del tiempo. El comercio entre ambos países es irreversiblemente creciente.
De todo lo que importamos en México, hay muchos productos que forman parte de las cadenas de valor de las exportaciones, es decir lo que producimos tiene componentes que se hacen en Estados Unidos. Los analistas han llegado a calcular que nuestras exportaciones tienen un valor de contenido estadunidense de alrededor del 40%.
Por supuesto que no les conviene frenar esta dinámica en la que todos ganan. Al menos lo hacen las grandes empresas en las que el capital estadunidense prevalece por encima del de otros países.
Hemos estado exportando más, aun en el contexto de amenazas arancelarias y de la no renovación inmediata del Tratado de Libre Comercio, porque la cercanía y las redes de logística, transporte, almacenamiento y las sociedades comerciales de todos los tamaños que se han forjado entre México y Estados Unidos se pueden revertir por decreto.
A pesar de lo anterior hay que observar con detenimiento las posibles consecuencias para nuestro comercio exterior, ya no en la industria, sino en el campo. Las señales son ominosas y podrían tener consecuencias muy complejas para el país.
De acuerdo con las cifras del INEGI, contamos en mayo con un superávit comercial de 2,259 millones de dólares. Exportamos más de lo que importamos con Estados Unidos. El resultado de los primeros cinco meses, enero a mayo, tenemos un superávit de 5,700 millones de dólares.
Es por eso que Trump quiere revertir la balanza. El resultado no tiene que ver solamente con el aumento en el precio del petróleo, porque el crecimiento más importante se observa en las exportaciones no petroleras.
El petróleo no representa la cifra más importante en materia de exportaciones, como lo fue en su momento en la década de los ochenta cuando las variaciones en el precio del crudo nos dieron, primero la gran esperanza de que nuestro problema sería administrar la abundancia, y después la pesadilla de convertirnos en una economía absolutamente dependiente del petróleo y de los choques externos que nos llevaron al precipicio y a las crisis económicas recurrentes. Lo bueno que ya no es así.
En Michoacán lo relevante es la balanza del campo, porque somos los primeros productores y exportadores a nivel nacional, de ahí viene la preocupación por las eventuales consecuencias de un cierre a la exportación de nuestros productos al mercado más grande del mundo. Si no puede disminuir su déficit en el intercambio industrial, esperemos que no se le ocurra voltear a los aranceles para productos agropecuarios.
Michoacán ha sido líder en la exportación de productos del campo. De hecho tenemos el primer lugar en el valor de la producción agrícola de todo el país, siempre peleando con Jalisco, Sinaloa, Sonora, Guanajuato, Veracruz y Chiapas.
Aguacate, guayaba, berries, limón, toronja, son los principales productos que se exportan. ¿Qué va a pasar si cierran la frontera a nuestras exportaciones agrícolas?
De acuerdo con las cifras del gobierno federal, en 2022 el valor de la producción agrícola de Michoacán fue mayor de 111 mil millones de pesos y se exportaron más de cuatro mil millones de dólares.
Lo anterior junto con las remesas explica que Michoacán siga en pie a pesar de la dinámica de delincuencia organizada que claramente sigue afectando regiones completas del Estado.
Si a Trump se le ocurre afectar el ingreso de productos agrícolas a Estados Unidos, nos veremos en un gran dilema, sin importar que los grandes beneficiarios de las exportaciones sean unos cuantos productores. No importa, de todos modos se genera empleo y hay un efecto multiplicador que permea en el sector rural michoacano.
Dos tareas a futuro. Habrá que insistir en la incorporación de valor local a nuestros productos agrícolas. Es cierto que son apreciados por su valor en bruto, al natural, pero habrá que insistir en generar condiciones para la industrialización parcial del sector agrícola.
Aunque Estados Unidos es el destino apreciado, valorado y altamente rentable, tal vez sea el momento para buscar, al menos inicialmente el acceso a otros mercados. No es lo mismo donde no hay dólares y estamos a unas horas para la entrega, pero si nos cierran esa puerta, como puede suceder con los arrebatos de Trump, seguramente estaremos en graves problemas.



