Jaime Darío Oseguera Méndez
El gobierno de los Estados Unidos no aceptó renovar el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México, en los términos que se pactaron en las dos últimas décadas cuando se le impulsó como uno de los principales instrumentos de desarrollo para América del Norte.
Ha sido una larga batalla con la administración de Donald Trump para que se reconozca que el Tratado de Libre Comercio es una herramienta útil, necesaria para el desarrollo para los tres países.
Tal vez para ellos es un problema de concepto: no nos ven iguales. No renovarlo, muy probablemente sea consecuencia de una decisión de presión política mediante la cual, Estados Unidos quiere retomar su posición hegemónica en las mesas de negociación del mundo, provocar reacciones diplomáticas y lograr que los gobiernos los busquen para pedir mejores condiciones de intercambio.
Puede ser también una convicción racionalizada y no lo queremos aceptar. Donald Trump en el fondo, al ignorar el desarrollo de la historia reciente del mundo, la globalización que no tiene reversa, no puede observar que el destino inmediato de las relaciones internacionales pasa por el intercambio comercial, tecnológico, cultural. Vive en otro planeta.
No hay reversa. La estructura de intercambio global no se inventó en unos años y no podrá cambiar aún con la decisión del país militarmente más poderoso.
Pocas civilizaciones han tenido ese acceso al contacto con el mundo como la estadunidense; no son los únicos pero sí son cosmopolitas, ciudadanos del mundo. La idea del “melting pot” estadunidense, se refiere a la sociedad que, siendo heterogénea de origen, se va mezclando poco a poco hasta asimilar y compartir ciertos principios o formas de convivencia que se amalgaman en un sincretismo silencioso pero permanente.
Todos estos fenómenos culturales, son causa y consecuencia del incremento del intercambio económico. No existirían sin el comercio. La fusión de las culturas inmigrantes de Estados Unidos a lo largo de toda su historia, tiene como antecedente el comercio.
El origen mismo de las colonias de América, solamente se entiende a partir de las necesidades comerciales.
Así que ir en contrasentido de esta dinámica de la historia de la humanidad, sólo se entiende como una capricho, el resultado de una profunda ignorancia o una decisión política temporal.
No hay otro ámbito en el que Trump pueda dañar tanto a nuestro país como en el tema comercial. No lo son sus decisiones migratorias ni el muro que por cierto ya abandonó en la media en que ya no es más rentable políticamente. Tampoco los señalamientos sobre los criminales mexicanos cualquiera que sea su origen o filiación.
Lo más grave que nos puede hacer es destruir el antecedente, la cultura y el sistema económico de la zona con mas potencial de comercio en el mundo. Por eso es un tema delicado que no hayan decidido renovar el tratado más allá de 2036, como estaba programado y ordenar una revisión de los temas delicados anualmente.
Hay diferentes formas muy tangibles para evaluar las ventajas del libre comercio.
Los niveles de comercio para México han aumentado casi quince veces desde 1994 en la entrada en vigor de la primer versión del Tratado. El comercio entre los tres países se incrementó en conjunto 128%.
Todas esas transacciones generan dinero. El intercambio necesariamente se realiza a través del vehículo monetario que beneficia a los productores de origen y genera cadenas de comercialización en los lugares de destino, donde también hay beneficios económicos.
Para que haya comercio se requiere inversión. Por el lado público debe haber infraestructura para el desarrollo de las cadenas comerciales: carreteras, trenes, puentes, aeropuertos.
Por el lado del sector privado, se invierte en plantas productivas que en muchos casos se establecen en los tres países para generar cadenas de valor en las que se maquilen, exporten o almacenen los productos a vender.
Una consecuencia de este aumento en el comercio, es el establecimiento de rutas logísticas especializadas, ya sea por zonas o productos que pretendidamente le dan valor agregado al comercio, el transporte, los sistemas de almacenamiento y comunicación a lo largo de la zona de libre comercio.
La reducción de aranceles, teóricamente pone a disposición de más consumidores una alta variedad de productos y si bien es cierto que un efecto negativo es el incremento sustantivo del consumismo, siempre será mejor más que menos comercio.
El acceso que logran las empresas y consumidores a insumos de la zona es uno de los principales beneficios. Particularmente habrá que poner atención en el posible intercambio tecnológico que en todo caso es uno de los temas pendientes. En el planteamiento de origen, se asumió que la convivencia y fusión de formas productivas, aumentaría el intercambio tecnológico beneficiando al país más atrasado en ese tema, que somos nosotros.
La zona quedó atrás de China, India y los bloques de países asiáticos en materia tecnológica y ese es uno de los desafíos al futuro inmediato.
Hay un aumento en la cantidad de empleos en torno a todos los eslabones del comercio, producción, transporte, almacenamiento, exportación, etc. pero falta aún mas.
La decisión de Estados Unidos es que el Tratado se mantiene vigente hasta 2036, revisando su contenido cada año y sin prórroga al 2047.
Es natural pensar que en todo este tiempo habrá salido Trump y los apetitos proteccionistas habrán pasado de moda. Lo cierto es que el déficit comercial de Estados Unidos con México es un factor importante para revisar de fondo su funcionamiento desde allá.
No es buena noticia que se haya puesto a revisión el Tratado. No queda más que insistir, cabildear, aprender, diversificarnos, mejorar la competitividad y productividad, porque si en una de esas decisiones torpes y contrarias al flujo de la historia, nos dejan fuera de la zona económica, tendremos que seguir apostando al comercio como el gran promotor del desarrollo.



