Sheinbaum y su gobierno están perdiendo credibilidad.
El principal activo de un político – y de los gobiernos – es la confianza de las personas, y un elemento fundamental es la credibilidad, es decir, si cuando dice algo, la gente cree que eso que dice es verdad. Por eso mentir se considera el pecado capital de la política, porque destruye la confianza y la reputación. A menos que ese político sea de la 4T.
López Obrador mintió muchas veces antes de convertirse en Presidente de México, pero a partir de su llegada al poder y de la institucionalización de las conferencias de prensa mañaneras, mentir se convirtió en la principal herramienta de comunicación propaganda del gobierno, sin que la mentira reiterada y cotidiana en cantidades enormes (la consultora SPIN señaló que decía unas 80 afirmaciones no verdaderas o inexactas en cada “mañanera”) le pasara factura política ni electoral al expresidente y su partido. Toda una anomalía política.
Claudia Sheinbaum, asociada siempre al obradorismo, ha mentido con y para su mentor siempre, como cuando acompañó la entrega de las “pruebas” del fraude electoral del 2006 que resultaron ser solo cajas vacías o cuando “viajó” con el expresidente y otros funcionarios en el imaginario tren rápido al AIFA, y ya como presidenta ha tenido que sostener algunas de las más grandes mentiras de su antecesor o por lo menos evadirlas.
Claudia no puede reconocer que el sexenio de AMLO es el más violento de la historia, que la corrupción y el crimen organizado se colaron hasta el tuétano del gobierno, que el sistema de salud es un desastre, que el manejo de la pandemia fue un crimen o que las finanzas públicas están prendidas con alfileres. Con relación a estos temas miente sistemáticamente, en muchos casos repitiendo las falsedades de su mentor.
Pero llama la atención que, recientemente, se ha enredado en mentiras banales como negar que una funcionaria se asoleaba en una ventana de Palacio Nacional o en la publicación de unas fotos controversiales del AIFA con pasajeros en Semana Santa. Estos temas triviales parecen hacerle más daño a la credibilidad del régimen, que afirmar que el sistema de salud es el mejor del mundo o que no hay crisis de desaparecidos. La opinión pública es un ente caprichoso.
La pregunta es si llegamos al fin de la anomalía de que mentir quede impune o sólo es un ajuste de la percepción ante el nuevo estilo de mentir. Esto solo lo sabremos con el tiempo. Pero finalmente quienes creemos la mentira es intolerable en la política y que quien miente no merece ni la confianza ni el voto, tenemos que insistir en descubrir y denunciar a quienes incurren en falsedades, y con mayor razón, a quienes han hecho de la mentira la columna vertebral de su mensaje y propaganda.




