Alejandro Carrillo
Permítame empezar con esta analogía ¿Cómo podríamos definir la música? Seguramente, sin la ayuda de un diccionario, le daríamos un significado asociado a la emisión de sonidos con ritmo. Tal vez alguien con mayor conocimiento podría decirnos que es la combinación de armonía, ritmo y melodía. Como sea, al final de cuentas, cuando alguien habla de música, se nos viene a la mente el ruido armonioso y, si abordamos la pregunta de la canción favorita, comenzaremos a tararearla, a cantarla, a hacer con nuestra boca los sonidos que más rememoramos de ella. Definimos como su parte única y valiosa el sonido; sin embargo, habremos de decir que ese acomodo de los sonidos no sería tan exquisito, tan vibrante, sin los silencios que le acompañan, esos segundos que dan espacio a la llegada de una nueva nota y que permiten que los sonidos fluyan e impacten en nuestros sentidos. En conclusión, la música es tanto los sonidos como los silencios y el acomodo de todos ellos.
Al igual que la música, la política no solo se traduce en las acciones y palabras que la clase política vierte en nuestras realidades tanto mediáticas como físicas; también es el cúmulo de los silencios y los acuerdos tras bambalinas y en las mesas de negociación, que siempre, siempre hay. En este contexto es importante definir que una política que no toma en cuenta los silencios, ni la manera en que se están moviendo fichas, ya sea por grupos políticos o incluso por los contextos que nunca están aislados, es una política lanzada a la fortuna y a la esperanza, que sí, muchas veces llega a su objetivo, pero por suerte, dejando dos conclusiones que a futuro son desastrosas: la idea ingenua de que el político sabe guiar y la idea absurda de que nadie lo podrá hacer tropezar.
El acomodo de los silencios y las acciones siempre está ligado a la estrategia y al propósito. La importancia de entender las corrientes de los mares no se sortea solo con la inquietud de llegar al puerto, sino con la pericia y la capacidad de quienes se dedican a entender los tiempos, las corrientes, los astros, pero sobre todo el tipo de embarcación y tripulación que le acompaña.
Hoy en día estamos ante el inicio de un proceso electoral adelantado; como ya es costumbre desde el 2021, estamos bajo figuras que sortean las leyes que curiosamente no fueron tomadas en cuenta para ser reformadas, y los políticos empiezan a usar las redes sociales, solo por usarlas, porque la nueva regla no escrita así lo dice. La realidad es que caminan sin estrategia, solo con ruidos, sin entender los silencios. Caminan sobre las intenciones, pero sin entender sus distintos conceptos y, peor aún, con la creencia de verse en el 2027, pero ni siquiera en el primer domingo de junio, sino en su respectiva toma de protesta. La estrategia política es clara: a cada día, un paso; a cada momento, su respectivo entendimiento. De lo contrario, la estrategia es simulada y los resultados son desastrosos a corto, a mediano y a largo plazo.
Eppur si muove



