Que la iniciativa de reforma electoral sea redactada y negociada desde la presidencia anticipa que es un retroceso autoritario.
Abaratar la democracia. Es una consigna que se escucha bien y que responde al anhelo que muchos mexicanos hemos tenido por los excesos obscenos de la partidocracia que se extingue. Reformar el sistema democrático y de partidos suena bien hasta que se revela el cómo de la de reforma: desde, por y para el poder. La propuesta de Sheinbaum camina en sentido contrario, desanda, la transición democrática que permitió terminar con el autoritarismo priísta del siglo XX.
La transición a la democracia, un pacto legislativo, gradual, pacífico e institucional que a lo largo de poco más de una década (de 1988 al 2000) permitió un cambio de sistema político, tuvo costos asociados. El principal fue una onerosa burocracia electoral y una abusiva elite de dirigencias partidistas. Yo creo que valió la pena pagar el precio y había que buscar la forma de dejar de pagarlo, pero sin perder la preciosa democracia, imperfecta pero funcional, que habíamos conquistado incluso con sangre.
Lo que nos propone Sheinbaum, forzando a Morena y en franco desacuerdo con sus aliados satélites, es lo peor de dos mundos. Vamos a regresar a un sistema menos representativo y menos plural, con partidos opositores cada vez más débiles e irrelevantes y conservaremos la burocracia electoral, aunque sin su independencia y sin su capacidad de arbitrar las disputas electorales. Además, mantendremos, ya no en varios sino en un solo partido, el caudal de privilegios indebidos y el elitismo político y parlamentario en la peor versión.
La única forma de que haya gobiernos menos corruptos, más eficaces y orientados a satisfacer las necesidades y aspiraciones de la ciudadanía es mediante controles democráticos. Hoy el gobierno mexicano, tras 7 años de mayorías automáticas y sin una oposición efectiva, es un gobierno que ha suprimido sus contrapesos y que se desliza sobre la ineficacia, la corrupción y la complicidad con el crimen organizado, sosteniendo a sus clientelas electorales con ríos de dinero público. No tenemos un mejor gobierno ni un mejor país que en 2018. Tenemos un régimen populista sin contrapesos, con una narrativa sin respuesta y una oposición de paja. La reforma electoral que nos proponen no corrige, sino que profundiza las debilidades y perpetúa las equivocaciones.
Paradójicamente, el único obstáculo real para concretar la reforma viene de los actores menos democráticos y más corruptos del sistema partidista, el Verde y el PT, a quienes el nuevo arreglo desarma y perjudica hasta ponerlos en el filo de la desaparición. Por las razones incorrectas pueden impedir un daño gigantesco a la República. Sin embargo, es ingenuo depender de esta exótica situación. Estamos ante la última llamada para defender la democracia que tanto nos costó y que tan poco hemos valorado, ojalá que no lo hagamos hasta que esté perdida.




